[Magazine. La Vanguardia, 7 de agosto de 2011]
Antonio Lozano
Al crimen le favorece el verano, o al revés. Está comprobado que la subida de las temperaturas dispara el índice de actos violentos. En el apartado más inofensivo del sofocante letargo que traen las vacaciones, la lectura de novela negra también repunta. El feliz momento del género en España se ha traducido en un aluvión de autores autóctonos probando suerte. Unidos por una pátina de realismo social muy atenta a la crónica de sucesos y a las heridas históricas, aspiran a entretener sin huir de la crudeza y la denuncia. Es el caso de la periodista Cristina Fallarás, quien, en Las niñas perdidas (V premio L’H Confidencial de Novela Negra), delinea esa Barcelona turbia que barre bajo la alfombra cualquier consistorio municipal, situando a una detective embarazada tras el rastro de dos niñas en paradero desconocido.
Otra cara oculta, la de esas localidades residenciales de aparente placidez y aire puro, es la que dinamita Paul Pen en su novela El aviso. Haciendo confluir los universos de Stephen King y de J. G. Ballard en la sierra madrileña, el autor conecta dos asaltos mortales a un mismo comercio separados por treinta años y con gato encerrado.
Y hablando de echar la vista atrás, las cuentas no saldadas con el pasado reciente convergen en Negras tormentas, de Teresa Solsona donde, al investigar la muerte de un catedrático de Historia, la subinspectora Norma Forester, esposa de médico forense y madre de okupa, topa con unas memorias que contienen escabrosas revelaciones que se remontan a la posguerra. En Los días entre el mar y la muerte, del periodista Luis Herrero, el drama del robo de recién nacidos pondrá en acción a dos jóvenes aficionados a la ficción detectivesca.
Un cóctel con casi todo lo expuesto (reversos urbanos, menores de edad en peligro, oscuros episodios pretéritos que resucitan, sabuesos frente a complejos rompecabezas…) es lo que ofrece Toni Hill en El verano de los juguetes muertos. Añádasele familias desestructuradas, apellidos ilustres que maquillan sus pecados, corazones rotos, sueños desasosegantes, termómetros a punto de estallar y sírvase bien fresco. Para los pequeños, también hay una divertida forma de iniciarse en la materia con la serie protagonizada por el rechoncho Inspector Cito y su espigado ayudante asiático Chin Mi Edo. Su última entrega, Misterio en el Mundial de fútbol, los lleva a Sudáfrica a intentar recuperar el trofeo robado.
Otra cara oculta, la de esas localidades residenciales de aparente placidez y aire puro, es la que dinamita Paul Pen en su novela El aviso. Haciendo confluir los universos de Stephen King y de J. G. Ballard en la sierra madrileña, el autor conecta dos asaltos mortales a un mismo comercio separados por treinta años y con gato encerrado.
Y hablando de echar la vista atrás, las cuentas no saldadas con el pasado reciente convergen en Negras tormentas, de Teresa Solsona donde, al investigar la muerte de un catedrático de Historia, la subinspectora Norma Forester, esposa de médico forense y madre de okupa, topa con unas memorias que contienen escabrosas revelaciones que se remontan a la posguerra. En Los días entre el mar y la muerte, del periodista Luis Herrero, el drama del robo de recién nacidos pondrá en acción a dos jóvenes aficionados a la ficción detectivesca.
Un cóctel con casi todo lo expuesto (reversos urbanos, menores de edad en peligro, oscuros episodios pretéritos que resucitan, sabuesos frente a complejos rompecabezas…) es lo que ofrece Toni Hill en El verano de los juguetes muertos. Añádasele familias desestructuradas, apellidos ilustres que maquillan sus pecados, corazones rotos, sueños desasosegantes, termómetros a punto de estallar y sírvase bien fresco. Para los pequeños, también hay una divertida forma de iniciarse en la materia con la serie protagonizada por el rechoncho Inspector Cito y su espigado ayudante asiático Chin Mi Edo. Su última entrega, Misterio en el Mundial de fútbol, los lleva a Sudáfrica a intentar recuperar el trofeo robado.










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