29 d’agost de 2016

Maigret y la Francia que aún existe

[El Mundo, 25 de agosto de 2016]

Enric González

Jorge Arévalo

¿Cómo era aquello que dijo Raymond Chandler sobre el buen detective? "Tiene un cierto conocimiento del carácter ajeno, o no conocería su trabajo". Bien. En ese caso, Maigret es un gran detective. En ese caso y en cualquier otro, porque Georges Simenon, el autor, constituye una de las cumbres de la literatura del siglo XX y porque en torno a Maigret, el personaje, gira la humanidad entera, viva y doliente. Si un antropólogo extraterrestre quisiera saber cómo funciona el espíritu humano, habría que regalarle la obra completa de Simenon. Son más de 200 tomos, hay quien dice que casi 400, no se sabe con absoluta certeza porqueSimenon utilizó numerosos seudónimos en sus comienzos. El hipotético extraterrestre tendría lectura suficiente para el largo viaje intergaláctico de vuelta a casa.

Decimos Maigret, a secas, porque al comisario no le gusta nada su nombre, Jules, y lo mantiene casi en secreto. Se trata de una pequeña rareza en un hombre relativamente convencional, felizmente casado con Louise Leonard, sin hijos, aficionado a ir al cine con su esposa y a cultivar el jardín de una casita cercana al río Loire que compró, en 1953, para cuando se jubilara. Conviene admitir que la vida laboral de Maigret es extraordinariamente dilatada. La primera novela en que aparece es Piotr, el letón (1931), pero su carrera como policía de barrio comenzó en 1913 (La primera investigación de Maigret) y en 1928 ya era comisario jefe de la Policía Judicial de París. Se jubiló en 1956, aunque desde su casita del Loira siguió ocupándose de algún caso. Evidentemente, no ha muerto. No morirá jamás. Su creador, el belga Georges Simenon, falleció en 1989. Quizá haya que esperar todavía un poco para que se reconozca que la comedia humana contenida en la obra de Simenon supera en valor literario a la de Honoré de Balzac.

Simenon prefería sus obras llamadas duras, en las que no aparecía Maigret. Su personaje imponía algunas reglas, fundamentalmente la resolución de un caso policial, que acabaron agobiándole. En realidad, los casos de Maigret raramente resultan complejos. Sus delincuentes y sus víctimas son gente corriente, impulsada por necesidades y pasiones muy comunes. Lo absorbente, o adictivo, es el retrato de las personas o las cosas. Las sorpresas narrativas surgen de forma natural: se trata del tipo de sorpresa que sobrecoge al lector cuando se asoma al interior de un alma ajena y se reconoce en ella. Maigret posee un código moral estricto y lo combina con una formidable capacidad de empatía. A veces perdona al criminal. Casi siempre le comprende. Sólo cuando el culpable es una auténtica sabandija se comporta con dureza. Aunque sus agentes sientan adoración por él, sabe que es sólo una pieza más en el engranaje social. "Por más que eso disguste a los autores de novelas", escribe Simenon en Las memorias de Maigret, "el policía es un profesional, un funcionario". Maigret, que vuelve cada noche a pie o en autobús a su piso en el número 132 del bulevar Richard Lenoir, siente un especial afecto hacia la fauna callejera: "La prostituta del bulevar de Clichy y el inspector que la vigila tienen las suelas gastadas, y a los dos les duelen los pies de tanto patear kilómetros de asfalto".

El comisario Maigret es el patrón de la novela policial del sur de Europa. Mucho de lo que se ha escrito dentro del género en Francia, España, Italia, Grecia y, parcialmente, Alemania, desciende del jefe de la Policía Judicial parisina. Bebe con desmesura, en especial cerveza, calvados y vino blanco. Come con igual desmesura, lo que implica que no hay interrogatorio sin bocadillos ni noche sin la cena opípara que cocina madame Maigret. El gusto por la comida es algo que heredaron el Carvalho barcelonés, el Jaritos ateniense, el Montale marsellés, el Montalbano siciliano, el Schiavone romano exiliado en Aosta y muchos otros detectives mediterráneos.

Maigret fuma en pipa. Se trata de un hombre corpulento, de expresión facial sobria, y su vestimenta recoge varias de las modas del siglo XX: en su primer caso, antes de la Primera Guerra Mundial, lucía cuello duro y bombín, como Mortadelo en los primeros dibujos de Francisco Ibáñez; luego se habituó al sombrero flexible y la gabardina. De entre todos los actores que lo han encarnado, me quedo con el Jean Gabin viejo, de rostro pétreo y mirada impasible.

Lo que Simenon disecciona, con o sin Maigret, es la mezquindad de la Francia profunda. Aunque Maigret sea el jefe de la policía de París, donde mejor se mueve es en las ciudades pequeñas, como La Rochelle. Muchas veces he soñado con recorrer Francia en tren con los libros de Maigret en la maleta, deteniéndome en estaciones secundarias, alojándome en pensiones y comiendo tête de veau oblanquette en restaurantes caseros. Me dirán que esa Francia, la de Simenon y Maigret, ya no existe. Yo creo que sí existe. La marginación, la infelicidad, los amores frustrados, la ambición estéril, la inmigración encerrada en guetos, el racismo, la rabia de quienes no pueden acceder a la Francia feliz y próspera de los poderosos, siguen siendo hoy el caldo en el que se cuecen las peores enfermedades sociales.




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