30 d’agost de 2016

Un escocés con malas pulgas y buen whisky

[El Mundo, 29 de agosto de 2016]

Enric González

Jorge Arévalo

El universo literario está plagado de detectives ariscos, alcohólicos, fumadores, insomnes, solitarios e infelices. Muy pocos de entre ellos resultan creíbles. A esos pocos, los veraces, les delatan algunos indicios: el temblor de manos, las lágrimas inesperadas, la fatiga, ciertos brotes lamentables de autocompasión. Son los rasgos humanos que muestra John Rebus, nacido en 1947 en el condado escocés de Fife, nieto de un inmigrante polaco, hijo de un hipnotizador, soldado en las fuerzas especiales británicas hasta que una crisis nerviosa acaba con su carrera, policía de Edimburgo desde entonces.

Las historias de John Rebus, el detective del escritor escocés Ian Rankin, han obtenido un gran éxito en todo el mundo. Pero tal vez resulte necesario ser británico para comprender que, más allá del personaje y de sus aventuras, su primacía sobre otros muchos detectives de novela tiene razones profundas, casi telúricas.

Por ejemplo, el factor Taggart: una serie televisiva sobre un policía de Glasgow llamado Jim Taggart que se emitió durante 17 años, entre 1983 y 2010. El actor que encarnaba a Taggart murió en 1994; la serie, sin embargo, disfrutaba de tal éxito que siguió funcionando con los personajes secundarios. El acento de los actores era tan cerrado que la audiencia inglesa necesitaba subtítulos.

El acento escocés evoca en el sur, en Inglaterra, un tipo de gente áspera, sólida, tenaz, de cultura obrera y modales toscos. Como Bill Shankly, el mítico entrenador del Liverpool ("el fútbol no es una cuestión de vida o muerte, es mucho más que eso"), o Alex Ferguson, el gran manager del Manchester United, o el propio Taggart, en cuya figura (en realidad la del difunto actor Mark McManus) muchos ven la del propio Rebus.

Luego está el factor Edimburgo: una ciudad bella, clásica y enigmática (la inspiración de Rowling para Harry Potter) y a la vez fría y siniestra. La combinación del acento, la rudeza y la ciudad resulta arrebatadora para el lector medio inglés.

Ian Rankin juega a fondo la baza del submundo siniestro de Edimburgo, abundante en leyendas. Las criptas que en el siglo XVIII se construyeron bajo los arcos del South Bridge, hoy tapiadas o integradas en edificios más modernos y habilitadas como atracción turística, o la hoy también visitable Mary Kings Close, arteria de la ciudad medieval que fue condenada al subsuelo con la construcción de la Royal Mile, forman parte de las tramas novelescas y les confieren el aire gótico de los misterios victorianos.

Varias veces me he acodado en la barra del Oxford Bar y del Royal Oak, los dos pubs de Edimburgo frecuentados por el inspector Rebus (y por su autor, Ian Rankin) tratando de imaginar cuál de los parroquianos podría parecerse al detective.

No hay muchas pistas: pelo castaño y ojos verdes, como el padre hipnotizador; considerando su pasado como soldado de élite, no debe ser un alfeñique. Es todo lo que sabemos sobre su aspecto. Eso, y que pese a vestir traje exhibe un triste desaliño. Suele mezclar cerveza y whisky, lo que permite afinar la búsqueda. ¿Cuál de todos esos bebedores solitarios sería Rebus? Cualquiera. Cada uno de ellos tiene aspecto de volver a un piso vacío y hostil para pasar la noche escuchando discos de los Rolling Stones y Van Morrison, obsesionado con un caso y con su colección de demonios personales.

La más reveladora de las novelas de Rebus (el apellido del detective significa jeroglífico) es Uñas y dientes, la única que se desarrolla fuera de Escocia. El veterano policía es enviado a Londres, una ciudad que detesta, para cooperar en la búsqueda del consabido criminal en serie, cuyos crímenes guardan paralelismos con los de Jack el Destripador.

Rebus se lleva un gran bote de paracetamol y una botella de whisky de Islay (pronúnciese Ailí) como talismanes protectores frente a la pijería londinense, mete la pata tantas veces como puede, se pelea con todo el mundo y acaba capturando al criminal al precio de destruir buena parte de la National Gallery. De alguna forma, Rebus se venga de Londres. Pero sin el manto protector de la niebla gélida de Edimburgo, Rebus se revela como un personaje inseguro, casi conmovedor, eficaz en el trabajo e inútil para casi todo lo demás.

Las novelas negras no alcanzan una oscuridad rotunda y satisfactoria si no reflejan injusticia y corrupción. En el caso de Rebus, la podredumbre social se canaliza a través de Morris Gerald Big Ger Cafferty, patrón de la criminalidad edimburguesa. Big Ger controla políticos, apuestas, bares y periódicos. Malvado y jovial, es simétricamente distinto al honrado y arisco Rebus.

Lo interesante del juego consiste en la paulatina aproximación de ambos opuestos a lo largo de la serie. En Sobre su tumba, Rebus y Big Ger, cargados de años y casi jubilados, se tratan como dos viejos amigos o dos viejos enemigos; ellos y el lector comprueban que el bien a veces es malo, y el mal a veces es bueno.





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