23 d’agost de 2016

La novela negra cubana, ¿bestia indómita?

[Claustrofobias, 22 de julio de 2016]

Victor Hugo Pérez Gallo 


No soy un seguidor ferviente de la novela negra en general, y no soy un especialista del tema, por lo que mis valoraciones son las del simple lector que se acerca hedonistamente a la lectura de un libro policiaco. Debo declarar que mis lecturas parten desde Raymond Chandler y su excelente ensayo El simple arte de matar(1950), hasta todos los policiacos de cartón publicados en Cuba durante la década del 70 y 80 del siglo pasado, verdaderos mediocres herederos de la novela negra socialista, porque debo decir que en esta hay muy buenas novelas como la saga de Emil Boev y su lucha desde la contrainteligencia búlgara contra “los siempre traicioneros intentos de la CIA” por subvertir el orden de las repúblicas socialistas integrantes del Pacto de Varsovia.
Creo que para hacer un breve análisis del género policiaco en la actualidad en Cuba se debe partir del anteriormente mencionado ensayo de Chandler, ante todo ¿qué es la literatura policiaca? La literatura es un texto mal o bien escrito, sin depender del género al que pertenece, pero en el caso particular del policiaco o “literatura de detectives”, género criticado por muchos como “literatura ligera”, se debe hacer énfasis en la construcción del mundo, para que sus personajes no asemejen seres encartonados muy buenos o muy malos, que los convierte en inverosímiles. La literatura policiaca debe de mostrar un mundo real, donde el lector sea capaz de reconocerse, un lugar conde hay asesinos, prostitutas, ladrones. O sea que tenga una perspectiva sociológica del mundo que lo rodea, solo así el convenio que se establece entre el lector y el escritor puede ser real y evitar que se sienta estafado este. Chandler advierte al respecto:
El relato policial, por varias razones, puede ser objeto de promoción en muy raras ocasiones. Por lo general se refiere a un asesinato, y por lo tanto carece del elemento promocional. El asesinato, que es una frustración del individuo y por consiguiente una frustración de la raza, puede poseer -y en rigor posee- una buena proporción de inferencias sociológicas. Pero existe desde hace demasiado tiempo como para constituir una noticia. Si la novela de misterio es realista (cosa que muy pocas veces es), está escrita con cierto espíritu de desapego; de lo contrario nadie, salvo un psicópata, querría escribirla o leerla. La novela de crímenes tiene también una forma deprimente de dedicarse a sus cosas, solucionar sus problemas y contestar sus preguntas.” (2014: 26)
De inferencias sociológicas la literatura negra cubana está llena, no podría ser de otra forma cuando se escribe desde/sobre un país tan complejo como es Cuba, y cuando muchos de sus autores escriben desde la diáspora, existiendo en algunos casos un desfase entre el país que dejaron y el país que es en la actualidad, ruptura que se demuestra en su literatura cuando encuadran sus novelas en un contexto actual donde las condiciones del Word building de sus novelas están anclados en los noventa o en las fechas cuando partieron de Cuba.
Los principales hacedores de literatura negra cubana en la actualidad son Amir Valle, Leonardo Padura, Lorenzo Lunar, Chavarría y Vladimir Hernández.
Los cuatro primeros son fácilmente clasificables en el sentido de que sus obras rondan sobre los aspectos teratológicos de la sociedad cubana, ese mundo underground que no siempre ve el ciudadano común, pero que subyace allí, la homosexualidad, la prostitución, la corrupción de la policía, la pérdida de ese Hombre Nuevo que se quería construir en la sociedad cubana y que se ha convertido en un policía opresor o en un delincuente que vende mercancía barata a los extranjeros turistas, desde habanos hasta chicas “que se dejan hacer de todo”. En el caso de la literatura escrita por Amir Valle se denota la crítica política y social al sistema con más intensidad que los otros, tendencia que se veía venir desde la publicación de Si Cristo te desnuda, Premio Soler Puig y publicada en Santiago de Cuba. La literatura de Padura, que ha tenido más publicidad evidentemente que las otras, y de alguna forma ha opacado a sus compañeras, es una literatura del desánimo, del desengaño de toda una generación, El hombre que amaba a los perros, puso el listón muy alto, aunque evidentemente pudo ser menos detallista, dejándoles a los lectores medios el placer de buscar más datos históricos sobre Trotsky o su asesino; esta tendencia se ve aumentada en su obraHerejes, lectura que se vuelve muy densa por momentos en sus descripciones históricas, que más bien parece un libro de ensayos histórico que una novela de detectives, si muy interesante para el lector que les guste estos temas, pero no para el leedor que está más interesado en la intriga policial.
En España ha salido publicada la novela de Vladimir Hernández: Indómito (Editorial Roca, 2016). Me acerqué a la novela con suspicacia, debo declararlo: no leas a tus contemporáneos, me ha dicho siempre un diablillo en el oído. Es una novela que se lee fácil, cuando digo esto no quiero decir que sea simplota, sino que, con una narrativa clara, usando (y abusando) del diálogo directo nos lleva por toda una trama sangrienta por toda la Habana. Un estilo hemingueyano, si me tomo la licencia de categorizarlo. Pero esta novela va mucho más allá, fuera de sus limitaciones como los continuados manierismos y diálogos donde el localismo es una limitante para el lector español, esta novela se puede decir que traza un nuevo camino a los escritores cubanos de novela negra en el sentido de que el autor se centra más en la psicología de los personajes y evita, o trata subrepticiamente, los temas políticos, aunque estos están implícitos en toda la trama. Es heredera de la temática sobre la marginalidad, pero toca otra marginalidad que no había sido acariciada por sus antecesores: la de las personas que emigran del oriente de la isla de Cuba hacia la capital, una vivencia de personas que no tienen nada y que lo poco que consiguen en la capital de todos los cubanos lo ven destruido de un día para otro; lo que les pasa a menudo es que las expulsen y les destruyan sus chozas, ilegales, sí, pero levantadas con todo el esfuerzo del mundo. En palabras de Dunieska, “la palestina”[1] personaje de la novela:
Las cosas en Mayarí se estaban poniendo muy malas. Allí es muy difícil buscarse la vida. Cuando enterramos a mi papá, mi mamá tomó la determinación de que nos fuéramos a vivir con un hermano de ella y su familia (…) agarramos los cuatro chiliches que teníamos y nos montamos en un camión; mis abuelos maternos, mis hermanos más chiquitos, mi cuñada con mis sobrinos y mi mamá.” (Hernández, 2016: 56)
Como se ve se denota la tragedia, la fatalidad, el fatus griego y la desesperación de hallar esa meca de la riqueza que ella cree que va a encontrar en la Habana. Y migra con toda la familia aposentándose en un llega y pon que la policía destruye luego. Y esta marginalidad es diferente a la tocada por Amir Valle o Padura en sus novelas, y es que, en Cuba, hay muchas Cubas, y generalmente la literatura negra cubana está centrada en la Habana y no en el resto del país, con la honrosa excepción de Lorenzo Lunar, no obstante, cuando se lee su obra, cualquiera de sus novelas parece escrita desde la Habana.
Vladimir en su texto habla sobre la venganza de Duran, pero no es solo la venganza personal, sino una venganza contra el sistema social que lo lleva a delinquir y que construye a policías corruptos que viven también al margen de la sociedad. Allí conviven sodomitas, el relato que hace de la cárcel nos recuerda inevitablemente a Hombres sin Mujer de Montenegro, a una normas carcelarias, pero lo que sorprende es que el protagonista cuando sale de la cárcel, en el exterior , siguen rigiendo las mismas normas que dentro del entramado carcelario lo que nos lleva a la idea de la cárcel total de la que hablaba Foucault en su Panóptico: la idea de la Habana como una cárcel monstruosa donde todos se vigilan y donde todos delinquen y venden su cuerpos, sus ideas sus aspiraciones por unos dólares para poder comer o para poderse beber el último trago de ron peleón. “Cuando los prisioneros se han puesto a hablar, ya tenían una teoría de la prisión, de la penalidad, de la justicia. Esta especie de discurso contra el poder, este contra-discurso mantenido por los prisioneros o por los llamados delincuentes, eso es lo que cuenta y no una teoría sobre la delincuencia” (Foucault, 1994: 12).
Pero va mucho más allá de eso, la idea de panóptico, la novela nos muestra una Habana-ciudad cerrada, una ciudad que se debate entre una urbe estrictamente penal o disciplinaria, una metrópoli hundida sobre sí misma donde el control policía se entrelaza con el poder delincuencial para convertirse en una red que cubre a todos los marginales. Un poder que va más allá de lo material porque pesa sobre la conciencia colectiva de los habaneros educados en la represión y en la picaresca como forma de evadirla.
El personaje de Vladimir exclama que para vivir en Cuba hay que estar loco o borracho, y esto nos lleva de nuevo a Foucault y su trato del control de los locos, borrachos, homosexuales, seres desviados normativamente a los que hay que tratar en instituciones carcelarias como escuelas reeducadoras, fabricas, cárceles. Y una vez más se declara a la Habana, no como la capital de todos los cubanos, sino como un espacio urbanístico refugio de drogadictos, prostitutas, nuevos ricos, paladares, donde el control estatal está presente siempre, pero al estar corrupto desde su base, la maquinaria de control social legitima los hechos violentos y la búsqueda de riquezas sin importar escrúpulos morales alguno. Y ese Hombre Nuevo roba, viola, mata si tiene necesidad de ello, en la búsqueda de los verdes dólares. Y todo desarrollándose en un ambiente kafkiano de hombres masas, con una existencia precaria (véase al padre del protagonista, ex combatiente de la guerra de Angola y muriendo todos los días un poco en su silla de ruedas). Y todos juzgados por leyes que desconocen, por hombres despóticos y decadentes.
Es interesante hacer un análisis entre esta novela policiaca y el self de sus personajes, un análisis psicoanalítico, donde el narrador y sus futuros lectores se saborean, se deleitan con lo monstruoso de los crímenes, con lo teratológico, lo patológico de los hombres corruptos de la Habana. Así Vladimir consigue algo: el examen de sí mismo, de cuanto hay en ellos también de patológico, de criminal, de deseos secretos, de ver cuando el poder les controla estos instintos.
El gran protagonista de la novela Indómito es la ciudad, una Habana decadente y sumergida en un sopor del que no ha podido desprenderse en los últimos años, de personajes que quieren escapar de esa realidad en la constante búsqueda de la felicidad, pero su acción los llevara inevitablemente a la catástrofe personal.
Es una novela que, repito, ha abierto un nuevo camino en la novelística negra en Cuba, y no quisiera terminar sino citando nuevamente a Chandler, en unas frases que creo que describen perfectamente esta novela:
“Hammett escribió́ al principio (y casi hasta el final) para personas con una actitud aguda y agresiva hacia la vida. No tenían miedo del lado peor de las cosas; vivían en ese lado. La violencia no les acongojaba. Hammett devolvió́ el asesinato al tipo de personas que lo cometen por algún motivo, y no por el solo hecho de proporcionar un cadáver. Y con los medios de que disponían, y no con pistolas de duelo cinceladas a mano, curare y peces tropicales. Describió́ a esas personas en el papel tales como son, y las hizo hablar y pensar en el lenguaje que habitualmente usaban para tales fines”. (2014:35)
Vladimir Hernández no escribe solo sobre la sangre o la corrupción policiaca: escribe también sobre la corrupción de las personas que se ven abocadas a caer en lo más bajo del mundo para sobrevivir, no digo más: léanla.
 [1] En Cuba se les denomina “palestino” a las personas que migran desde las provincias orientales a la Habana buscando mejorías económicas o perspectivas profesionales.





0 comentaris:

Publica un comentari a l'entrada

 
Google Analytics Alternative