19 de març del 2016

Edward Bunker: escritor y criminal

[Jot Down, 18 de marzo de 2016]

Juan Tallón


La delincuencia es buena para la literatura; en el caso de Edward Bunker (1933-2005), criminal y escritor, lo fue. Solo era un niño de Los Ángeles cuando entró en su primer centro de acogida, pasando de uno a otro hasta que aprendió todo lo necesario para más tarde acabar en correccionales y al fin en las prisiones más horribles de Estados Unidos, como Folsom o San Quintín, ambas en California. Tal vez si primero no hubiese sido un delincuente nato, después no habría sido escritor. Pero pasó diecisiete años entre rejas, en distintos períodos, por atraco a mano armada, narcotráfico, extorsión, falsificación, y un día escuchó desde su celda la música de una máquina de escribir, y entonces todo cambió.
El día que Bunker entró por primera vez en San Quintín, sin cumplir los dieciocho años, le tomaron las huellas y lo fotografiaron de frente y perfil con un letrero que decía «Dept. de Instituciones Penitencias de California» y que incluía la fecha, su nombre y su número (A20284). Todos los documentos de su vida carcelaria llevarían escrito «A20284 Bunker». Muchos años después, una de esas fotos aparecería en la portada de la revistaHarper’s, cuando ya era un escritor reconocido.
En Educación de un ladrón, donde relata su vida desde que ingresa por primera vez en un centro de acogida hasta que sale en libertad en 1975, tras cumplir su última condena, confiesa que «escribir se había convertido en la única posibilidad de escapar del cenagal de mi existencia». Pero, ¿cómo llegó a novelista un criminal que la última vez que había asistido a la escuela estaba en séptimo curso, y que solo soñaba con tener un coche de segunda mano, una pistola semiautomática, y darse la gran vida? «Perseverando». Cuando deja atrás para siempre San Quintín, y ya ha publicado su primera novela, No hay bestia tan feroz, Bunker había escrito decenas de relatos y seis novelas que no sirvieron para nada, salvo para aprender. Su primer libro fue, en realidad, el séptimo.
Muchas años antes, cuando una noche decidió que quería ser escritor, había imaginado qué significaría eso para él: «Viviría a medio camino entre Hemingway, Scott y Zelda, y la entonces famosa Françoise Sagan. Escribir buenos libros me abriría las puertas. Haría crecer una flor en el fango». Tuvieron que transcurrir diecisiete años hasta ver su sueño cumplido. Cuando apareció una editorial dispuesta a publicarlo, «me sentía contento, desde luego, pero el tiempo le había quitado brillo a mis ilusiones».
Tenía doce años y estaba encerrado en Preston cuando comenzó a leer a Jack LondonRichard WrightHemingway y Taylor Caldwell. Fue el principio. En las prisiones de máxima seguridad leyó a Dos PassosNelson AlgrenThomas WolfeScott FitzgeraldWillaard MotleyTeilhard de ChardinSteinbeckDostoievskiTolstoiHesseCamusSartreConradHuxleyMusil… Y entonces, cuando ya estaba en San Quintín, coincidió con Caryl Chessman, el «asesino de la luz roja», a la espera de ser gaseado. Por entonces, Chessman había escrito Celda 2455, Corredor de la muerte, que todavía no se había publicado en forma de libro. Bunker leyó el primer capítulo en la revista Argosy.
«No supe valorar su estilo, pero lo que contaba era tan real que se me aceleró el pulso». Fascinado porque aquello lo había escrito un recluso al que conocía, y publicado una revista nacional de gran tirada, Bunker admite que lo corroía la envidia «aquel atardecer en el agujero de San Quintín», mientras leía a Chessman. Mientras oía su máquina de escribir repiquetear, pensó que publicar un libro en nada iba a cambiar la vida de aquel preso, condenado a la pena de muerte, pero si lo hacía él, sí podía variar sus destino. «De repente, con la fuerza de una revelación, dije en voz alta: ¿Por qué no yo?». En mitad de una celda de aislamiento, decidió que prefería ser escritor a «astro del cine, presidente o juez del Tribunal Supremo», todo lo cual ya le estaba vedado en cualquier caso.
Apenas tuvo ocasión, le escribió una carta a su benefactora, Louise Wallis, que le había dado trabajo durante una de sus etapas en libertad, y que tras su ingreso en San Quintín lo obsequió con el diccionario Webster’s Collegiate y con una suscripción al dominical de The New York Times. Louise, que para entonces pasaba de los cincuenta años, había sido una estrella del cine mudo y estaba casada con Hal B. Wallis, productor deCasablanca. Cuando recibió la carta de Bunker diciéndole si le podía hacer llegar una máquina de escribir, no dudó en enviarle una Royal Aristocrat de segunda mano. Un preso le facilitó un manual de mecanografía, y no tardó en dominar el teclado. En lugar de empezar con un simple «érase una vez», vendió sangre para pagarse un curso por correspondencia de la Universidad de California. Las primeras lecciones trataban de gramática y sintaxis, que nunca llegó a entender. En el momento que pasaron a la auténtica redacción, sus calificaciones fueron excelentes. Nada más acabar el curso, escribió su primer relato, que solo podía empezar de una manera: «Érase una vez un par de adolescentes que entraron a robar en una licorería y…».
No tuvo mentores, ni asistió a ningún curso de creación literaria. El único escritor que había conocido en su vida, aparte del que estaba en el corredor de la muerte, era un periodista alcohólico que trabajaba en una lavandería. Para hacerse una idea de dónde se metía, se suscribió a la revista literaria Writer’s Digest, y comenzó a leer libros de crítica. Primero probó a escribir relatos cortos. El censor era el bibliotecario, y el departamento de Instituciones Penitenciarias prohibía escribir sobre crímenes, propios o ajenos, y ofender a ninguna raza o religión, y criticar a funcionarios de prisiones o policías, y escribir palabras malsonantes. Se lo ponían casi imposible. «Decidí aprender el oficio escribiendo novelas».
Tardó año y medio en acabar la primera. En lugar de pasar por el censor, que la rechazaría, y quién sabe si no confiscaría el manuscrito, un amigo consiguió que el dentista de la cárcel lo sacase del centro. Este se lo envió a Louise Wallis, que lo dio a leer a unos amigos. «A pesar de que tuve momentos de esperanza insensata, sabía muy bien que nunca sería publicado. Lo había escrito para aprender el oficio». Bunker entró en un período de su vida en el que escribía sin parar, salía de la cárcel, violaba la condicional, huía, escribía, lo capturaban, regresaba a prisión, escribía. Entonces, un día acabó en el penal de Folsom, a finales de los años sesenta. Había acabado su tercera novela y estaba empezando la cuarta, cuando cayó en sus manos un ejemplar de Esquire con un largo artículo sobre el mundo literario y los agentes de escritores. Se dirigió por carta a la agencia Armitage Watkins, preguntando si estaban dispuestos a leer lo que les mandase. Respondieron que sí y Bunker les hizo llegar dos novelas completas. Mike Watkins reconoció «cierto talento»; le gustaría leer todo lo que escribiese en el futuro.
Como no tenía cosa más emocionante que hacer, siguió escribiendo. Su quinta novela trataba de un drogadicto timador que creía que todo el mundo era estúpido. Estaba escrita «al modo de Jim Thompson o Charles Willeford», según Bunker. La envió a la agencia de nuevo. Mike Watkins lo alentó: «Está usted mejorando, pero lo que escribe aún no tiene la altura suficiente para que nos interese representarle». Edward no era alguien que se rindiese fácilmente. No habría sobrevivido tantos años en penales tan duros, y llegado a ser un recluso temido por el resto. Empezó a escribir su sexta historia; entremedias tuvo problemas en Folsom, lo devolvieron a San Quintín, y se presentó el turno de afrontar la séptima novela. Esta vez iba a ahondar en los bajos fondos de Los Ángeles desde la perspectiva del criminal: qué veía, qué pensaba, qué sentía. Estaba aún lejos de saber que un día Quentin Tarantino caería rendido a la novela, y James Ellroy llegaría a decir que era el libro más bello jamás escrito sobre el tema del atraco a mano armada.
«No tenía ni idea de si era buena, pero era la primera vez que escribía sin tímidos intentos de seguir una fórmula o una combinación de fórmulas sacadas de los manuales que se anunciaban en Writer’s Digest», afirma en Educación de un ladrón. Esta vez la agencia se interesó por la obra, aunque sin prometer nada. Bunker estaba lanzado, y se consagró día y noche a pulirla. En una época en la que los problemas raciales en las prisiones se agudizaban, incluso escribió un relato sobre su experiencia, que envió a su agente junto con el manuscrito de la novela. Meses después, el asistente social le comunicó que la oficina del alcaide lo había autorizado a hacer una llamada a Nueva York. Él no sabía a qué venía aquello, y marcó el número que le habían dado. «Hombre, señor Bunker, encantado de oírle. Por fin puedo hablar con usted. Soy Mike Watkins. ¿Sabe usted a qué viene todo esto? […] Merrill Pollack, de W.W. Norton, ha hecho una propuesta para publicar su libro. El anticipo es escaso, pero Norton es una buena editorial, y creo que debería usted aceptar». Aceptó. «Estaba seguro de que diría usted eso. ¡Ah!, otra cosa: Louis Lapham, de Harper’s, se propone publicar ese artículo que mandó sobre la guerra racial en la cárcel»
En 1973 se publicó No hay bestia tan feroz y sería un bombazo. Es la historia de un tipo que, después de ocho años en prisión, «sale de la cárcel con sesenta y cinco dólares, un traje barato (que llevaba diez años pasado de moda), unos pantalones militares y una muda envueltos en un paquete marrón, y un billete de autobús a Los Ángeles». Pretende volverse un ciudadano honesto. La cárcel lo proveyó de buenas intenciones. Desgraciadamente, no tarda en ser el de siempre. La novela actúa como una prueba de que en la vida rara vez se puede ser otra cosa que uno mismo. Sin embargo, dos años después de publicar la novela, Bunker abandonó la prisión y el crimen. Se limitó a ser un escritor, sin más.




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