2 de maig de 2015

Claudia Piñeiro, la dama del suspenso

[Clarín, Ñ, 1 de mayo de 2015]

Entrevista. A diez años de “Las viudas de los jueves”, la escritora publica “Una suerte pequeña”, en la que se aparta del policial para bucear en un drama familiar que va del secreto a la culpa y la redención.

Ezequiel Martínez


La muerte la persigue. Aunque no quiera o jure que se le cruza sin premeditación ni alevosía, a Claudia Piñeiro la muerte le tira. Se le impone en sus ficciones, pero también en la vida real, como cuando en octubre del año pasado un delirante agregó en su biografía de Wikipedia una fecha para su epitafio: 26 de noviembre de 2014 a las 16.45, justo cuando ella se estaba recuperando de una trombosis que la tuvo internada durante diez días. En otro octubre, pero de hace exactamente diez años, los tres muertos aparecidos en la pileta de un country en Las viudas de los jueves –con la que en 2005 ganó el Premio Clarín de Novela– la empujaron hasta este presente que hoy la ubica como una de las autoras más leídas y traducidas de la narrativa argentina actual, y una de las latinoamericanas con mayor proyección internacional. Todos sus muertos –los de aquel libro consagratorio y los que vendrían después– se multiplicaron en las versiones cinematográficas de sus novelas, incluido el reciente estreno de Tuya , un thriller doméstico que en orden cronológico marca la aparición de su primer cadáver literario.
Ahora llega a las librerías Una suerte pequeña , su nueva novela. Un corresponsal español arriesgó que será la más vendida en la Feria del Libro de Buenos Aires, un pronóstico difícil de rebatir teniendo en cuenta el historial de Piñeiro en los rankings, y que el libro ya recibió ofertas para su traducción al francés y al alemán.
Si los lectores esperan un muerto, el muerto está, y es el que desencadena toda la trama. El enigma y el misterio, esas habilidades que la escritora maneja como pez en el agua, también. Pero la historia no es ni siquiera un primo lejano del género policial. Podría arriesgarse que se trata de una novela de suspenso familiar y psicológico, un relato intimista que bucea en el dolor y la culpa, la soledad y el abandono. O como le dijo uno de sus lectores, es una de esas novelas “de llorar”.
Cuesta hablar de Una suerte pequeña sin hacer spoiler, esa palabra que las series de TV pusieron tan de moda y que equivale a revelar o adelantar detalles de una trama que la arruinan para quien aún no la haya visto o leído. “Es verdad, nos pasó cuando armamos la contratapa y el booktrailer, porque la estructura hace que desde la primera página haya un episodio que el lector tiene que ir develando mientras avanza en el libro”, dirá Claudia Piñeiro una tarde de abril en su casa de Del Viso. Toma café como un trámite que debe interrumpir para saludar al hijo mayor que recién llega del médico y le cuenta el diagnóstico, mientras mira el reloj contando los minutos que faltan para ir a buscar a su hija menor al colegio o se pregunta dónde estará el del medio. Bebe un sorbo de gaseosa light antes de atender al gasista por un problema con la calefacción y después de haber ventilado su casa para espantar los efectos de la fumigación que la invadió por la mañana. Atiende un par de llamados telefónicos insistentes y revisa al pasar las lechugas y zapallos de la huerta en la que se embarcó sin más antecedentes que la germinación del poroto escolar.
Tal vez haya sido así la vida de Marilé Lauría, la protagonista de Una suerte pequeña , después de haber sido María Elena Pujol y antes de convertirse en Mary Lohan, la identidad clandestina que asumió antes de huir de Temperley para ocultarse en Boston como una profesora de inglés para extranjeros y que, veinte años después, regresa a ese pasado que quebró su vida. Y lo hará con otro nombre, otro color de pelo y de ojos, escondida en la metamorfosis de su propio ser. En el antes y el después, un puñado de personajes –un ex marido, Mariano; otra pareja, Robert; vecinos condenatorios y profesores solidarios... las fotos de El como único equipaje de mano (spolier alert: mucho más no se puede contar)– van a ser el andamiaje que sostiene la trama, dividida en tres capítulos: “Cuaderno de bitácora intervenido”, “La amabilidad de los extraños”, y “Boston”.
Otro cuaderno de bitácora, el que Claudia Piñeiro lleva a través de su movediza página en Facebook –donde se amontonan amigos, familiares, lectores, colegas y extraños–, será intervenido en las líneas que siguen.
22 de enero
Hace unos años escribí “Betibú”. La novela arranca con una muerte dudosa. Parece un suicidio pero algunos tienen dudas. Tres periodistas conforman un particular equipo para investigar la cuestión. (…) Un personaje dice: “No siempre hay signos de violencia en un homicidio, sobre todo cuando está bien planeado”.

Otra vez la muerte se le impone. La fecha del posteo, un par de días después del hallazgo del cuerpo sin vida del fiscal Alberto Nisman en su departamento de Le Parc, le hizo recordar a un lector de Piñeiro aquella frase de una de sus novelas. Como si ella tuviese una teoría reveladora o fuera dueña del secreto de sumario, tal como le había pasado conLas viudas de los jueves y la muerte de María Marta García Belsunce en un country de Pilar, un caso que disparó el éxito de la novela.
–Como escritora que trabaja mucho con el enigma, ¿te pasa eso de tratar de imaginar cómo podrían haber sido los hechos en esos casos que nadie parece saber cómo ocurrieron?
–Me pasan varias cosas. Una, no tengo la menor idea de lo que pasó y jamás se me ocurriría especular o enunciar una teoría en público porque me parece una falta de respeto. Pero en función de lo que vas escuchando o de lo que leés, lo que me sorprende son las teorías imposibles que se van dando. Por ejemplo, el primer día la frase en todos lados era “la puerta estaba cerrada”. Entonces yo puse en mi Twitter que, en todo caso, “las puertas estaban cerradas”, porque en un edificio de Le Parc está claro que todos los departamentos deben tener una entrada de servicio. Y ahí me empezaron a pegar, preguntando si me acostaba con Nisman que conocía tan bien el departamento… ¡Y yo lo había escrito como un comentario más, sin ninguna otra intención! Pero mientras tanto me tuve que ligar unos palos tremendos…
–Tengo entendido que lo de Nisman te hizo tirar una novela por la borda.
–Yo estaba escribiendo una continuación de Betibú , con los mismos personajes, pero después de lo de Nisman se me cayó como un castillo de naipes. Porque aunque la historia no era ni parecida, lo que yo había pensado se pegaba mucho con cosas del poder y de la justicia que estaban demasiado relacionadas. Pero me reprimió lo pegado que está a esta situación y no quería que pareciera una escritura especulativa. Tendré que pensar otra aventura para la saga, porque quiero volver a esos personajes.
–Aunque más de una vez dijiste que Betibú es la única novela que escribiste como un policial, se te suele asociar como una autora del género. ¿Será porque siempre se te cuela un muerto en las historias?
–No es a propósito. Y tampoco me digo que voy a escribir sobre otras cosas para que no me consideren una autora de novela policial. Uno escribe la historia que quiere contar, inventa los personajes que quiere inventar o trabaja el lenguaje de la manera en que mejor crea que le vaya a la trama. Yo no me siento como una autora del género policial, por más que reconozco que hay novelas como Betibú que la escribí claramente como un policial, pero las otras siguieron siendo lo mismo que eran antes, por ahí unidas por otras cosas que se repiten. En mis novelas podés decir que la muerte es un tema. En Un comunista en calzoncillos la muerte está, por más que no esté presente, porque transcurre en 1976 que es un momento de muerte en la Argentina. En Una suerte pequeña otra muerte es el disparador de una situación familiar. Y también están los otros temas que creo se repiten en todos mis libros: el encierro, la hipocresía, la mirada sobre determinados grupos sociales…
18 de marzo
Rosa Montero dijo que los novelistas somos como picapedreros de la palabra. Y probablemente eso seamos. Así que mientras pico la piedra, el avance de la escritura en soledad me asusta. Tal vez tenga que ver con inseguridades propias.

“A veces hay libros que te ayudan a no sentirte solo, porque cuando los leés te das cuenta de que otra gente pasó o vivió situaciones como las que vos estás viviendo en determinado momento”, dice Claudia Piñerio cuando desmenuza otro de los temas que se instalan en esta novela: el silencio. El silencio del secreto, de lo que no quiere recordarse, y también el silencio de la soledad. Ese silencio que Robert intenta romper para acercarse a Mary a través de libros que le va entregando como una soga, desde Un tranvía llamado deseo de Tennessee Williams (donde el personaje de Blanche Dubois dice “Siempre he dependido de la amabilidad de los extraños”), pasando por La mujer rota de Simone de Beauvoir oFragmentos del discurso amoroso de Roland Barthes, hasta llegar a cuentos como Las niñas se quedan de Alice Munro y Wakefield de Nathaniel Hawthorne.
–¿Son lecturas que fuiste incorporando a la novela o que buscaste especialmente?
–Algunas sí. Para mí la frase de Williams es una frase de cabecera, algo que he sentido muchas veces. Lo de Alice Munro me la pasó una de las amigas que me leen mientras escribo; Barthes es otro de mis autores preferidos, y el cuento de Hawthorne es mi fantasía no consumada: eso de decir me voy y desaparezco. A veces pienso “qué bien lo que hizo este tipo que se rajó por un tiempo y después volvió como si nada”. Claro que yo no pasaría a los hechos, por eso es una fantasía.
–Recién comentábamos que el silencio es otro de los ejes de la novela.
–Ese es otro de los temas recurrentes en mis libros. Yo he dicho alguna vez que la base de mi escritura es el silencio. Creo que en Un comunista en calzoncillos cuento que mi papá pasaba dos semanas sin dirigirte la palabra, y que cuando yo empecé mi primer análisis no podía hablar y entonces escribía. La escritura fue siempre para mí la posibilidad de escribir lo que no se puede decir.
–En un párrafo de la novela explicás –o lo explica la protagonista– por qué está narrada en primera persona. ¿Será porque Una suerte pequeña es también, de algún modo, una confesión?
–Es que la empecé a escribir en tercera persona, pero hubo un momento en que no lograba avanzar. La reflexión que hace Mary Lohan sobre cómo escribirla me pasó a mí durante la escritura (“La tercera persona aleja, protege en la distancia. La primera me lleva al borde del abismo, me invita a saltar”). Lo que vos le podés permitir a una primera persona al contar sus sentimientos, yo no se lo puedo poner a una tercera persona. Eso que ella dice de alejarse de la emoción es exactamente lo que me permitió contar cosas que a ella le pasaban y que en tercera me hubiese costado muchísimo más. Además, para componer este personaje yo hablé con mucha gente, con psicólogos, con astrólogos…
–¿Por qué con astrólogos?
–Porque me gusta esa cosa de cómo tenía que… Digamos, esta mujer tiene que hacer cosas que yo no hubiese hecho en determinado momento o en su lugar, pero que sí entiendo perfectamente que una mujer pueda hacer. Pero sobre todo lo que quería entender es de dónde podía venir esta mujer, quién era, qué le podría haber pasado para poder actuar y tomar la decisión de huir. Ella carga una mochila que yo no termino de explicarla toda porque no corresponde a la novela, pero que a mí sí me interesaba conocer para componer al personaje y entenderlo.
–Además es una mujer que no sólo cambia de nombre, sino también de fisonomía.
–Es que además de dejar atrás su pasado, hay una posición casi ideológica en ese sentido. ¿Las mujeres de su pasado qué color de ojos o qué color de pelo tendrían? Rubias de ojos celestes, o por lo menos eso es lo que hubieron querido ser. Y ella qué hace, se pone pelirroja, que es un color muy lindo pero hay que tener personalidad para ser pelirroja, y se pone lentes de contacto marrones, teniendo ojos celestes. Con lo que está diciendo: no quiero ser como era, pero tampoco quiero ser como ellas.
8 de abril
Hoy un escritor, si quiere, puede tener una devolución inmediata de lo que producen sus textos en los lectores. (…) FB tiene un tiempo diferente que permite la interacción en el momento que sea y con el espacio que se necesite. (…) Si tienen ganas de leer la novela antes de la presentación y mandarme un brevísimo texto con sus impresiones, yo me las arreglaré para incorporar algunos en la charla de la Feria.

Más de 400 personas respondieron a la convocatoria que la escritora hizo a través de su muro en Facebook. Es una usuaria activa –también de Twitter– que comparte no sólo la trastienda de lo que está escribiendo, sino también imágenes con los progresos de su huerta o el caos de sus bibliotecas. En la balanza, cree que ese intercambio le trae más alegrías que contratiempos.
–¿Qué te aportan las redes sociales?
–A ver, para empezar, Twitter y Facebook no son lo mismo. Yo no pondría todas esas elucubraciones en Twitter, que es más para conversar y divertirse sobre las ocurrencias del momento. Cuando vos querés hacer una reflexión, lo hacés en Facebook donde es mayor el tiempo de lectura, aunque igual no deja de ser el tiempo de las redes. Pero lo que sucede con Faceook, al menos en mi caso, es hacer lo que hacían antes los escritores en su página web o en sus blogs donde podían compartir lo que estaban escribiendo. Yo no tengo página web porque no quiero administrar más nada, pero me interesa ese intercambio que te permite Facebook de compartir, que te contesten… Te lleva mucho tiempo, es verdad, porque yo trato de responderles a todos mientras sean cosas respetuosas.
–¿Tenés en cuenta al lector cuando estás escribiendo?
–Siempre hay un lector, no un determinado lector, pero me gusta sentir que hay alguien del otro lado al que le estoy narrando algo. Yo además tengo un grupo de amigos a los que les doy a leer lo que voy escribiendo, y con Una suerte pequeña se sumaron por primera vez dos de mis hijos, pero porque ellos me lo pidieron. Tenían ganas y a mí me venía bien. El mayor un día me dijo que se había equivocado de personaje y la estaba pasando muy mal, porque se había puesto en el lugar de la protagonista. Y mi hija es tremenda, le ve el pelo al huevo.
–Tuviste un episodio de salud bastante complicado. ¿Eso te hizo repensar el ritmo de vida que llevás?
–Ahora se cumple un año de la trombosis que me dio el último día de la Feria del Libro. Se te hace un click, decís voy a bajar un cambio, y hacés mucho menos de lo que tenés que hacer. Pero lo más impactante es que pensás que vas a hacer muchos más cambios de los que en realidad hacés. Después de treinta años de psicoanálisis –a esta altura si fue mi papá, si fue mi mamá… ¡ya está, no voy más a terapia!– empecé a ir a un psicólogo cognitivo. El me dijo que tengo un síndrome de ansiedad del que yo por ahí no me doy cuenta, y eso ocurre por tener la agenda tan cargada. Entonces, cualquier cosa que te sucede, te desestabiliza y te afecta también para disfrutar esos instantes de felicidad que se te cruzan, porque no los aprovechás, sentís que te desacomodan la agenda. Pero si puedo manejar esos pequeños momentos quizás me ayude también para disfrutar de “la” felicidad, esa que es tan inabarcable.

FICHA 
Presentación de “Una suerte pequeña” de Claudia Piñeiro
Lugar: Sala Alfonso Reyes, Feria del Libro
Fecha: Sábado 9 de mayo a las 16.30




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