21 abril de 2013

PREMIOS QUE DAN DINERO

[Hoy, 21 de abril de 2013]

Los editores apuestan por mantener sus premios, aunque admiten que algunos serán «repensados» 

Iratxe Bernal

En 2005, Manuel Caballero Bonald, que el martes, Día del Libro, recogerá el Premio Cervantes, leyó el fallo del Ciudad de Torrevieja con toda la solemnidad que la ocasión merecía hasta que le preguntaron su opinión sobre la obra ganadora, 'Los hijos de la luz', de César Vidal. «Estoy pensando en pedir a Plaza & Janés que ponga una faja en el libro que diga 'Ideológicamente detestable: Caballero Bonald' para vender más». Queriendo o sin querer, con aquella declaración bordó su papel como presidente del jurado; después de explicar las razones que hacían a la novela merecedora del galardón, la espolvoreaba de polémica. A ver si quien no se anime a comprarla por una razón pica con la otra, porque, al final, todo se resumía en vender.
El propio Cervantes es un reclamo que ninguna editorial puede dejar de arrogarse cuando tiene al galardonado en plantilla. Aunque se trate de alguien tan reverenciado por la crítica como desconocido por el público, siempre aportará crédito a la casa, no en vano es el galardón más importante de las letras en castellano y está libre de toda sospecha de amaño. Alguna vez ha habido suspicacias políticas sobre la objetividad del Ministerio de Cultura (se habló de los favoritismos de Aznar por Jiménez Lozano y de Zapatero por Gamoneda), pero el premiado es siempre elegido a propuesta de los ganadores anteriores y de las academias de la Lengua de los países de habla hispana, los intocables del panorama cultural.
También tienen buen gancho los siete nacionales relacionados con la creación literaria y los ocho de la Asociación Española de Críticos Literarios. Salvo el Nacional de las Letras, que se concede a una trayectoria, el resto se centra en obras ya publicadas, esto es, libros que ya están al alcance del lector y sobre los que de pronto se posa una atención por la que no hay que pagar valoraciones de originales, honorarios de jurados, ceremonias de entrega, estatuillas conmemorativas, canapés para periodistas...
Una bicoca, y eso sin necesidad de que nadie se niegue a participar en la fiesta y genere que la noticia colee unos diítas más, que todo es bueno para el convento.
Con las ventas derrumbadas hasta los niveles de 2002 y algún apuro para mantener intactos sus propios premios es normal que las editoriales se froten las manos cuando les cae un galardón que no tienen que costear, aunque, como le pasó el año pasado a Alfaguara con Javier Marías, el autor no esté muy conforme.
Más recorrido comercial
Aquí, a diferencia de lo que sucede en nuestro entorno, la red de premios respaldados por grandes grupos editoriales tiene más recorrido comercial que aquellos galardones que, como los de la Crítica, seleccionan lo mejor de la añada desde fuera del viñedo: Goncourt en Francia, Booker en Reino Unido o Pulitzer en EE UU. Esa mayor repercusión se debe al esfuerzo promocional que algunas de las empresas realizan con sus galardones, distinciones que ellas mismas ven más como una herramienta de marketing que como un instrumento para el fomento de la cultura, pese a que la estrategia les ocasiona críticas recurrentes. De ahí que España, donde uno de cada tres habitantes no abre un libro ni por equivocación, destaque sobre sus vecinos por la cantidad de convocatorias y, sobre todo, por la dotación económica de éstas.
«Ayudan a dar a conocer una obra y, obviamente, la acercan al público. Nadie se engaña con la ambición comercial de algunas de ellas, como los de narrativa de género, o con el rigor y la exigencia de, por ejemplo, las de poesía: todo depende del convocante del premio y del espíritu de la convocatoria», razona Juan Cerezo, editor de Tusquets, cuyo premio de novela ofrece 20.000 euros. «Por muy desprestigiados que estén -en parte con razón, porque la calidad a veces deja mucho que desear-, los periodistas siguen mostrando un interés especial por los grandes premios literarios. Y ese interés aumenta cuando el premio en metálico es elevado. ¿Ocupa tanto espacio en prensa el Planeta por la calidad de los libros o por la cantidad exorbitante que entrega? En menor medida puede decirse lo mismo del Primavera o el Alfaguara», señala José Ovejero, quien acaba de llevarse los 130.000 euros de éste último.
«La promoción es algo más intensa, tiene más medios, pero no nos engañemos: lo que mejor promociona un libro es su calidad. Uno no debe presentarse con cualquier obra y si un jurado te permite ganar así, te estará haciendo un flaco favor. La sobreexposición amplifica el fallo», matiza Lorenzo Silva, último Planeta.
Precisamente cuando se habla de literatura y dinero, el paradigma son los 601.000 euros de este galardón, sólo son superados a nivel mundial por los (a partir de ahora) 876.785 del Nobel. Pero mientras que la Fundación sueca se ha reconocido víctima de la crisis y ha dado un tajo del 20% al cheque, en el grupo catalán aguantan el tipo.
Y es mucho aguantar porque suyos son también, entre otros, los 120.200 del Fernando Lara (con la Fundación Axa), los 100.000 del Primavera de Novela (junto a El Corte Inglés), los 68.000 del Azorín (con la Diputación de Alicante) y los 18.000 del Nadal sin olvidar los 150.250 del finalista del Planeta.
De momento, Silva ha vendido algo más de 114.000 ejemplares de 'La marca del meridiano' y Mara Torres, la finalista, casi 51.900 de 'La vida imaginaria'.
De ida y vuelta
En su día, establecer esa dotación fue una demostración de poderío. En 2001, Plaza & Janés (Random House Mondadori) respaldó en la creación del Ciudad de Torrevieja al Ayuntamiento de esta localidad alicantina. El Consistorio no dudó en dotarlo con sesenta millones de pesetas, cuando el Planeta ofrecía 'solo' cincuenta. Aquella bilbainada desubicada empujó a José Manuel Lara Boch a posicionarse y, amparado en la celebración de las bodas de oro del propio galardón, dobló su cuantía, hasta los 601.000 euros que ofrece actualmente.
El Ciudad de Torrevieja empezó entregándose cada dos años; en 2003 pasó a ser anual y en 2004 incluso empezó a entregar 125.000 euros al finalista. Pero la crisis lo frenó en seco. En 2009 dejó de tener finalistas y en 2011, sólo diez años después de su creación, el galardón quedó «suspendido temporalmente».
Parece que, pese al mal momento económico y a que los premios más altos no se amortizan con las ventas, El Torrevieja va a ser el único peso pesado que caiga. Las grandes editoriales tienen muy claro que sus premios van a aguantar el tirón. Para empezar porque, como reconocen por lo bajini, «en este gremio, como en cualquier otro, lo peor que puedes hacer es reconocer que te va mal, y dejar de entregar un premio sería como gritarlo»; y, después porque a estas alturas entienden los galardones como «parte de su propio ADN».
¿Sin cheque?
Así pues, si bien nadie concibe un panorama literario sin premios, ya empieza a haber quien sí se los imagina 'a secas' sin que ello suponga una pérdida de rango. «Sí, claro que me lo imagino. Hay premios de gran reconocimiento con un anticipo simbólico que son piedras angulares», dice Elena Ramírez, editora de Seix Barral, sello integrado en el Planeta y que organiza el Biblioteca Breve, dotado con 30.000 euros.
Los autores le dan la razón. Su última ganadora, Rosa Regàs, por ejemplo se presentó por una mera cuestión sentimental, «porque era una vieja ilusión de cuando fui secretaria del premio trabajando en Seix Barral»; Lorenzo Silva recuerda que «la dotación del Nadal-18.000 euros- es muy modesta» y él se ha presentado más de una vez (fue ganador en 2000 y finalista en 1997), y Ovejero sabe de primera mano que «el Anagrama de ensayo supone poco más que lo que el ganador recibiría como derechos de autor, 8.000 euros». «Los premios sin dotación, con un jurado solvente y que supongan un auténtico espaldarazo a un libro, pueden ser atractivos para los escritores», resume.
Jorge Herralde, fundador de Anagrama, y Carlos Creuheras, director de Relaciones Externas del grupo Planeta, coinciden en que los premios gozan de sobrado prestigio como para mantener su brillo sin dinero de por medio, pero son rotundos al asegurar que no veremos tal cosa.
«En el caso del Planeta, los autores se presentarían aunque no tuviera premio económico. Saben que les dará lectores nuevos, que hay un público que los compra fielmente cada año, y además suponen una garantía de distribución: la tirada de salida es de 210.000 ejemplares. Pero pese a todo, sin ser el mayor, el dinero es un atractivo muy importante de la convocatoria», subraya Creuheras. «Nosotros mantenemos una dotación -18.000 euros en el Herralde y 8.000 en el Anagrama- para que la convocatoria sea lo suficientemente atractiva como para que se presenten muchos de los autores que nos interesan, pero, por otra parte, al revés de lo que pasa en algún otro premio, la cifra no es tan elevada como para obligarnos a buscar títulos sin otro valor que la posible comercialidad», matiza Herralde para evitar comparaciones.
Esa función de cebo para autores de la que habla el editor de Anagrama es otra razón para que, más allá de las buenas palabras de los escritores, sus editores se aferren a los premios dinerarios. Dejar que se una a tu ilustre orla de ganadores seduce casi a cualquier autor, pero el dinero también. «Las grandes editoriales siempre han contratado a autores descubiertos otras más pequeñas y que han funcionado bien para así editar sobre seguro. A veces esa contratación es con la promesa de un premio», explica resignada Blanca Rosa Roca, fundadora de la editorial Roca. Sabe bien de lo que habla; RBA entregó en septiembre los 125.000 euros de su premio de novela negra a la 'La caja negra', lo que supuso el fichaje inmediato de Michael Connelly, hasta entonces vinculado a Roca, que también tiene su propio galardón 'negro', el L'H Confidencial, convocado junto al Ayuntamiento de L'Hospitalet y dotado con 12.000 euros. También gracias a un premio (el Nadal, en este caso) Álvaro Pombo pasó el año pasado de Anagrama a Destino, y a Javier Calvo el Biblioteca Breve le llevó de Mondadori a Seix Barral.
Esfuerzo editorial
Para cualquier editorial mantener este ritmo es «un esfuerzo cada vez mayor». Hay quien teme que empecemos a ver premios ahorrativamente desiertos y otros «repensados». Creuheras, por ejemplo, reconoce que «se están replanteando el Casa de América, aunque aún no sabemos en qué línea». De hecho, el premio iberoamericano de narrativa, creado en 2007 y dotado con 200.000 euros para el ganador y 50.000 para el finalista, ya no se ha convocado este año. A esta baja habría que sumar el recorte del 50% de la dotación del Primavera (de Espasa) que ya había perdido el accésit desde 2011.
Además en 2010 el Nadal se quedó sin finalista, aunque en este caso Destino matizó que, puesto que la novela quedaba tristemente eclipsada por la ganadora, los 6.000 euros de su dotación se destinaban desde ese momento al entonces recién nacido Premio Francisco Casavella, dirigido a nuevos autores y, por tanto, heredero del espíritu con que un día el Nadal premió a Laforet, Delibes o Martín Gaite.
Una iniciativa, por cierto, en la que algunos ven más que una forma hacer cantera un lugar donde confinar a los jóvenes talentos. Todas las editoriales han apostado en algún momento por descubrir a autores sin nombre con sus grandes premios, pero no ahora.
Ahora tienen que garantizar la rentabilidad de la inversión, con lo que los desconocidos verán complicado el ascenso a un Parnaso, donde los ya consagrados estarán, en cambio, acompañados por personajes populares metidos a literatos.

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