Acabo de terminar Las niñas perdidas de Cristina Fallarás. Antes estuve con Dime algo sucio de Diego Ameixeiras. Dos golpes. Duros. Historias recién desembarcadas de la Semana Negra de Gijón por mi amigo Kike Ferrari.
En Dime algo sucio hay una ciudad rota y astillada como si fuera un vaso que se rompe contra el piso. Ameixeiras cuenta pedazo por pedazo de esa ciudad rota hasta lograr reconstruirla. Una tarea de miniaturista obsesivo, pero con la violencia de un cross a la mandíbula. El autor tiene la precisión de un cirujano quien reconstruye el cuerpo de Oregón – su ciudad, cualquier ciudad. – y cuando Oregón está completa, la realidad que vemos a través de ella (porque cualquier ciudad es un prisma, lector, ya se sabe) la realidad, entonces, es deforme y dolorosa, como suele ser la realidad.
En la historia que cuenta Fallarás lo que se rompe es el alma. De las niñas, de la protagonista y, si el coraje les aguanta hasta el final, también la del lector. Un libro sin misericordias ni piedades. Un libro escrito con rabia y ferocidad. ¿Cómo reconocemos a la literatura? Se preguntaba Fallarás en su taller de CCEBA. ¿Cómo detectar la buena literatura en un universo que desborda mierda? Porque la literatura sale de las tripas. Así dijo, y estuvimos de acuerdo. Y es una excelente definición de su propio trabajo literario. ¿De qué otro lugar puede salir una historia como la de estas niñas? Las niñas perdidas es el fruto de las tripas y la inteligencia de Cristina Fallarás. Y es un fruto capaz de romperte el alma, lector.
Salú, entonces, por las ciudades y las almas rotas.










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