23 d’abril del 2008

Gastronomía literaria para un Sant Jordi a la carta

[El Mundo, 23 de abril de 2008]

El arte de la buena mesa (literaria) requiere de un sabio equilibrio entre la narrativa ligera de consumo rápido y la excesiva sofisticación libresca. tanto el 'fast food' literario como la 'nouvelle cuisine' de autor de culto producen indigestión si no se dosifican. aquí van diez modelos de menús literarios posibles para no acabar la diada como Pomponio Flato.

Matías Néspolo

Las consecuencias de la ingesta indiscriminada de comida chatarra son sobradamente conocidas a partir del escandaloso documental de Morgan Spurlock Super Size Me (2004). En cambio aún queda por dilucidar cuáles son las consecuencias del uso y abuso de la alta cocina. Con toda probabilidad el resultado sería el mismo. Quien se alimente a base de hamburguesas y chips puede que nada tenga que envidiarle a quien sólo lo haga de caviar y trufas. Aunque el desequilibrio nutricional lleve signo contrario, el descalabro es el mismo.

Sobrepeso o raquitismo son los extremos a los que se expone buena parte de la población mundial a causa de la pobreza y la falta de educación. De esa polarización de la alimentación mundial nos habla Raj Patel en su brillante ensayo Obesos y famélicos (Los libros del lince).

Pero como no sólo de pan vive el hombre, a la misma dicotomía se enfrenta el despistado que tome a la ligera los alimentos del espíritu. Por un fenómeno equivalente atraviesa el mundo del libro en la actualidad. La sobre oferta de literatura ligera de neto corte comercial y rápido consumo —al puro estilo del fast food— arrincona cada vez más a la menguante narrativa de marcadas pretensiones literarias hasta convertirla en selecto producto —con varias estrellas Michelin, pero escasa repercusión— para una minoría diletante.

Sin embargo, nuestro panorama editorial presenta otra vuelta de tuerca. A las predecibles grandes apuestas de Sant Jordi -cuya calidad literaria, en algunos casos puntuales, supera con creces la del best seller al uso- se suma una larga lista de delicatessen narrativas que, en algunos casos, han llegado a instalarse cómodamente en los rankings de ventas durante la última temporada.

El ejemplo paradigmático es Vida y destino (Círculo de Lectores / Galaxia Gutenberg), de Vasili Grossman; pero también puede destacarse el inusual tirón de ventas que ha tenido la edición castellana del pasado premio Goncourt, el caso del local Jonathan Littell con Las Benévolas (RBA). Y las fronteras entre las exquisiteces culinarias y la comida rápida ya no son tan claras. Para no mentar aquellas obras de tapeo y pica-pica literario o la gastronomía casera de cierta narrativa de género (como la policiaca), cuyos méritos rivalizan en calidad con los de reconocidos chef literarios como Quim Monzó y sus Mil cretins (Quaderns Crema). Un caso de fragmentario e innovador aperitivo narrativo que supera todas las expectativas es la segunda entrega del arriesgado experimento Nocilla de Agustín Fernández Mallo con Nocilla Experience (Alfaguara). Y la tradicional cocina casera de la novela negra no se queda atrás con títulos como Nido vacío (Planeta), de Alicia Giménez Bartlett, o las premiadas Una novela de barrio (RBA) y Retrato de familia con muerta (Roca editorial), de Francisco González Ledesma y Raúl Argemí, respectivamente.

A todo esto el dragón que con celo ocultó Carlos Ruiz Zafón bajo la manga hasta casi las vísperas de Sant Jordi se lleva todos los números de las quinielas para convertirse en el libro del día. No en vano El juego del ángel (Planeta) salió a la calle hace exactamente una semana con la cifra récord de un millón de ejemplares de tirada para todo el mundo hispano. Pero la oferta de fast food narrativo no acaba allí porque Un mundo sin fin (Plaza & Janés) de Ken Follett, La Bodega (Roca Editorial), Te daré la tierra (Plaza & Janés) de Chufo Lloréns e incluso la séptima entrega del aprendiz de mago, Harry Potter y las reliquias de la muerte (Salamandra) de la archimillonaria J. K. Rowling, siguen en carrera.

Puede que el lector sibarita desdeñe las calorías de semejantes platos populares y en cambio se decante por sofisticadas creaciones culinarias ilustradas como El aliento del cielo (La poesía, señor hidalgo...) de Carson McCullers o Bartleby, el escribiente (Nórdica Libros) de Melville. O bien, ya puesto, opte por verdaderas rarezas decadentes y exquisitas como De la elegancia mientras se duerme (Impedimenta) del Vizconde de Lascano Tegui. Pero en todo caso, el riesgo de indigestión es el mismo, porque la oferta de alta cocina literaria es igualmente desproporcionada para esta diada.

Habida cuenta del riesgo digestivo, nos tomamos el trabajo de balancear la dieta de ese lector despistado y seleccionamos lo mejor (y peor) de cada tradición culinaria para ofrecer diez modelos de menús literarios posibles. Desde las Delicatessen y la Nouvelle Cuisine o la Escudella Catalana, la Cocina Extranjera, el Fast Food, el menú Hispánico, el Take Away, el Tecnoemocional y, por supuesto, el Infantil, sin olvidarnos de las Sobras. Para aquel lector que no pueda reprimir su gula siempre le quedará la estrategia de Firmin (Seix Barral/Columna) —esa entrañable ratita de Sam Savage— y devorarlo todo, pero deberá tener en cuenta que el estómago humano no digiere la pulpa de papel.

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