13 de març de 2017

Un Sherlock Holmes experto en semiología

[La Prensa, 12 de marzo de 2017]

Sergio Crivelli



Las vacas sagradas de la izquierda literaria francesa, ridiculizadas en una novela policial. La muerte de Roland Barthes en un accidente en 1980 es el punto de partida de una ficción detectivesca que se burla de los más famosos referentes del posestructuralismo. Uno de sus aciertos está en la dupla de protagonistas.

Un policial en el que el muerto es Roland Barthes, el investigador es un universitario experto en semiología, y los personajes principales pertenecen al grupo Tel Quel (Sollers, Kristeva, Foucault, Derrida, Lacan, etcétera) muestra la flexibilidad de un subgénero literario que no pocos escritores prestigiosos, entre ellos Borges, subestimaron y creyeron rígido, mecanicista y sujeto a estructuras narrativas casi inmodificables.

También demuestra el espíritu burlón del autor, Laurent Binet, que decidió tomarse en broma a las vacas sagradas del estructuralismo, del posmodernismo y de la intelligentsia de izquierdas francesa, que por estas playas eran en los años "60 y "70 objeto de culto de las preciosas y los preciosos ridículos de la Facultad de Filosofía y Letras.

Aunque Binet nació en 1972, sin duda padeció a esas sectas porque su parodia tiene aire de revancha. Parte de un hecho real, Barthes murió en 1980 atropellado por una camioneta frente a la Sorbona, y a continuación monta una trama elemental, del tipo "búsqueda del tesoro", por la que desfilan los "mandarines" de la teoría literaria.

Uno de los aciertos de Binet reside en poner a cargo de la investigación a dos personajes, al estilo Sancho Panza y Don Quijote. El primero es un policía común, anonadado por el lenguaje abstruso de los personajes que debe interrogar y el segundo un docente universitario que le traduce sus estrafalarios hábitos mentales. Usa, además, la semiología para saber quiénes son y qué ocultan sus interlocutores.

La semiología estudia la vida de los signos en la sociedad. Así la concibió Ferdinand de Saussure, el fundador de la lingüística estructural, en su célebre Course de Linguistique General de 1915, pero no fue mucho más allá de la necesidad de crear la disciplina. La más conocida experiencia del estructuralismo fuera de la lingüística fue la de Claude Levi Strauss en antropología. Barthes aplicó el estructuralismo al análisis literario y el detective-universitario usa sus conocimientos de semiología como Sherlock Holmes utilizaba su inigualable capacidad deductiva.

La novela tiene más de 400 páginas y el aspecto de una construcción cuyo propósito principal consiste en caricaturizar a la izquierda francesa que pretendió hacer la revolución socialista desde la crítica literaria. De los que creían (o simulaban creer) como escribió Julia Kristeva en su novela Los Samurais que la transformación de la sociedad era una superchería, si no consistía en la transformación de la forma de decir de los individuos. De allí el papel revolucionario que atribuían a la literatura en general y a la vanguardia cultural en particular. Es decir, a ella y sus amigos.

"TEL QUEL"

Estos literatos habían dejado atrás a Sartre y opinaban que el "compromiso" de los intelectuales subordinados al PC era una mistificación que le hacía el juego a los burgueses. Proclamaban que la teoría literaria y la literatura eran el lugar central de la política. Se expresaban en la revista Tel Quel dirigida por Philippe Sollers, y protagonizaron el paso del estructuralismo al posestructuralismo.

Habían perdido la confianza en el poder liberador del marxismo y hasta en la teoría crítica de la Escuela de Frankfurt. Justificaban su cultivo del irracionalismo en la idea de que la razón era el instrumento esencial de la dominación. Para salir de esa encerrona recurrieron a una jerga impenetrable, inventaron la deconstrucción (Derrida, De Man), el esquizoanálisis (Deleuze Guattari) y la genealogía (Foucault) entre otras disciplinas promovidas por la industria editorial y denunciadas como imposturas por los pocos intelectuales que se atrevieron a desafiar al "establishment" cultural, que, innecesario resulta señalar, era y es de izquierda.

También parece innecesario señalar que jamás tuvieron ninguna influencia en la política real ni en Francia ni en ningún otro lado y que la derrota que sufrieron en mayo del 68 fue un choque definitivo con la realidad. Después de eso sólo les quedaba la extravagancia. La mayoría se hizo maoista y Foucault, por ejemplo, se convirtió en ferviente partidario del régimen fundamentalista de los ayatolas iraníes. Murió de sida en 1984, pero si hubiera vivido para saber que compartía esa preferencia con D"Elía y Esteche, seguramente habría caído en una depresión irreversible.

El título de la novela, La séptima función del lenguaje, se refiere a una función añadida a las seis descritas por Roman Jakobson. Se trata de un medio mágico y poderoso de persuasión y es otra forma de parodiar las imposturas de la izquierda de aquellos años. Para decodificar la burla ayuda el conocimiento de los personajes y de las teorías que difundía Tel Quel, pero sin él también puede resultar entretenida esta sátira travestida de novela policial.



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