26 d’agost de 2016

La mafia como telón de fondo

[El Mundo, 26 de agosto de 2016]

Enric González

Jorge Arévalo

Como material artístico, la mafia es muy peligrosa. Ofrecen prueba de ello la serie cinematográfica El Padrino y la serie televisiva Los Soprano. Hablamos de dos obras maestras que glorifican a los mafiosos, gente esencialmente malvada. La glorificación ocurre siempre, de forma inevitable, cada vez que un autor se aproxima a un fenómeno que combina crueldad, honor, familia y tradición, rasgos que por alguna razón conmueven a la gente. Sólo hay dos formas de retratar adecuadamente a la mafia: componer un amplio catálogo de sus delitos, como hizo Roberto Saviano con la Camorra napolitana en Gomorra, o mostrarla desde lejos, como un paisaje o un telón de fondo. Esta última es la estrategia de Andrea Camilleri y su personaje, el comisario Salvo Montalbano, en una exquisita serie de historias policiales. Se trata de una de las cumbres europeas del género negro.

Cuando un gran escritor decide a los 70 años componer una serie policial, sólo puede demostrar dos cosas: senilidad o genio. Y Andrea Camilleri nunca tuvo nada de senil. Llevaba toda una vida escribiendo para el teatro, la radio y la televisión y, tras la muerte de Leonardo Sciascia, había heredado el título oficioso de maestro supremo en los complicadísimos asuntos sicilianos. Jubilado de la radiotelevisión italiana y con 70 años, en 1994 emprendió la tarea de describir Sicilia a través de la comisaría de Vigàta, localidad imaginaria que era en realidad Porto Empedocle, su ciudad natal.

La segunda gran guerra de la mafia siciliana, que había durado casi 10 años y había causado un millar de muertes, acababa de terminar. Los asesinatos de los jueces antimafia Falcone y Borsellino habían ocurrido dos años antes. Italia estaba horrorizada ante la violencia y el poder de los clanes sicilianos. Y al viejo Camilleri no se le ocurrió otra cosa que empezar a publicar novelas sobre casos criminales en los que la mafia era poco más que un remoto juego de sombras apenas perceptible.

Muchos se escandalizaron. Pero el público devoró con fruición los casos de Salvo Montalbano y en poco tiempo Camilleri se convirtió en el autor italiano de mayor éxito. Los lectores no tardaron en comprender que el juego literario de Camilleri consistía en relegar la mafia a un segundo plano y describir magistralmente lo que él llama la mafiosidad, es decir, las estructuras sociales sicilianas que permiten la existencia de los clanes. Carezco de tiempo para ahondar en esas estructuras propiciadas por la tradición, la pobreza y la lejanía (luego teñida de complicidad) del Estado italiano; si les interesa el tema, lean el magnífico libro Crónicas de la mafia, de Íñigo Domínguez.

En la Vigàta del comisario Salvo Montalbano operan dos clanes o familias, los Cuffaro y los Sinagra. Se les menciona de vez en cuando, pero jamás aparecen en el centro de la escena. Montalbano tiene algún roce ocasional con ellos, los utiliza alguna vez como fuente de información (¿qué serían las familias si no lo supieran todo de todos?), y ya está. Aún así, se demuestra una vez más el peligro de escribir sobre la mafia: los lectores más febriles de la serie simpatizamos con los tradicionalistas Cuffaro y recelamos de los modernos Sinagra.

He tenido el privilegio de tomar unos cuantos cafés con Camilleri y de preguntarle sobre la mafia. La detesta, por supuesto. Como buen conocedor de Sicilia sabe, sin embargo, que la mafia local no se basa en la amenaza, sino en el respeto. En los pequeños favores. En la persuasión. La mafia siciliana es, a la vez, una organización criminal y una organización social, como el fascismo, que fue su enemigo más feroz. Combina violencia y benevolencia. Por eso ha sido, hasta la fecha, imposible destruirla.

Cuando se puso a imaginar el personaje del comisario Salvo Montalbano, Camilleri se inspiró directamente en Pepe Carvalho. Si Jules Maigret es el abuelo de la novela negra mediterránea, Carvalho es el padre. Montalbano (así llamado en homenaje a Manuel Vázquez Montalbán) ama su comida, su ciudad y sus rutinas. Y, como Carvalho, tiene alrededor una pequeña corte de personajes dibujados con trazo humorístico: tres policías (el mujeriego Mimí, el eficiente Fazio y el hilarantemente estúpido carabiniere Catarella), una novia lejana que vive en Génova y un jefe capullo. La corte humorística permite realzar los momentos trágicos de Montalbano y su ambivalencia respecto a los delincuentes.

Camilleri es un hombre laico y de izquierdas. También es siciliano y, por tanto, no se burla de las supersticiones. Una vez se juntaron para charlar Manuel Vázquez Montalbán, el marsellés Jean-Claude Izzo (creador del detective Fabio Montale) y él mismo. Hablaban de cómo terminarían sus personajes. Antes de que le tocara a Camilleri le llamaron por teléfono y cuando regresó a la mesa había cambiado ya el tema, por lo que no reveló el final de Montalbano. Izzo murió en 2000 y Vázquez Montalbán, en 2003. Camilleri decidió que, por si acaso, jamás hablaría del destino que pensaba deparar a su comisario y escribió a toda prisa la novela final de la serie, guardada desde entonces en un cajón secreto para ser publicada de forma póstuma. El truco funciona: Andrea Camilleri cumplirá 91 años dentro de unos días y mantiene un humor excelente.





0 comentaris:

Publica un comentari a l'entrada

 
Google Analytics Alternative