15 de desembre de 2015

Suiza negra

[Revista de Libros, diciembre de 2015]

Eugenio Fuentes

 


Martin Suter
Montecristo
Barcelona, Libros del Asteroide, 2015
Trad. de Rosa Pilar Blanco
320 pp. 19,95 €
Del escritor suizo Martin Suter conocía dos libros: Un amigo perfecto (2003), una intriga sin demasiado nervio, pero con la novedad de centrarse en la enfermedad de Creutzfeldt-Jakob, una de esas patologías raras que se hizo muy conocida a partir de la variante surgida con las llamadas «vacas locas». Y Lila, Lila (2005), un relato sobre la impostura que se lee con agrado.
Después de esas dos lecturas, aún no tenía muy claro si Suter era un escritor lo suficientemente atractivo como para dedicarle de nuevo varias horas de tiempo. Pero Montecristo (2015) se anunciaba como una novedad interesante, por el tema bancario, tan actual, y porque su título evoca la siempre apasionante novela de Alexandre Dumas sobre el sufrimiento y la desesperación de un inocente injustamente condenado. El uso del título, sin embargo, provoca decepción. Suter se ha apropiado de una historia inmortal para utilizarla únicamente como un reclamo, porque la novela dumasina no tiene aquí mayor relevancia, y cualquier otra hubiera surtido el mismo efecto.
Si hay un país donde resulta oportuno ambientar una novela negra sobre los bancos, es Suiza. A pesar de la sensación de paz y seguridad que transmiten sus montañas nevadas, sus limpios lagos, sus ventanas con geranios, Suter altera esa imagen idílica de casita de chocolate y muy pronto la alarma comienza a invadir al lector, por más que el protagonista afirme: «estamos en Suiza. Aquí no liquidan a los periodistas» (p. 88). En esa Suiza ordenada y pragmática, donde van abriéndose paso los ambientes multiétnicos –comidas, músicas, inmigración– que Martin Suter ha hecho suyos ya en obras anteriores, Jonas Brand, un reportero zuriguense de treinta y ocho años, divorciado, un freelance de segunda fila que sueña con dirigir una nueva adaptación cinematográfica de la novela de Dumas, pero que se gana la vida grabando vulgares reportajes para la prensa rosa, se encuentra de pronto envuelto en dos conflictos: la muerte de un hombre en el tren en que viaja y la aparición de dos billetes auténticos con el mismo número de serie.
La novela funciona muy bien cuando desvela que la riqueza y la abundancia de los países más prósperos generan delitos del mismo modo que lo hacen la pobreza y la escasez de los ambientes marginales. El estridente griterío del dinero de robos, atracos, secuestros y tráficos mafiosos del gansterismo, habitual de la novela negra, tiene su reverso en el opaco silencio del dinero de bancos y especuladores, no menos dañino. Suter nos inquieta cuando describe la inestable burbuja financiera en la que flotamos, donde se manejan cantidades siderales de divisas que provocan vértigo y que sostienen un enigmático sistema monetario cuyo desequilibrio generaría un caos universal. ¿Qué ocurriría si estallara ese misterioso soporte sobre que el que se asientan los astronómicos presupuestos de los países, dependientes de deudas perpetuas que, como en Grecia, nunca podrán pagarse, pero siempre generarán intereses? ¿Cómo sabemos que existe una relación directa, y no virtual, entre los millones de billetes en circulación y el capital de los bancos que los emiten? Suter se siente cómodo en la crítica al poder de los bancos, que siempre juegan a la carta ganadora y que, cuando pierden, exigen la ayuda ajena, como afirma uno de los personajes: «Bah, entonces los salvaría el Estado, como siempre» (p. 183).
Claro que, para escribir una novela, no basta con enunciar estas incógnitas. Suter es un escritor correcto y funcional y, una vez más, demuestra la facilidad de la novela negra para reflejar la frenética y a menudo indigesta mezcla de política y delincuencia, de bienestar y violencia, de corrupción y miseria, que es la vida actual, aunque podría haber llegado más lejos con un argumento que daba más de sí empleando sabores y colores más intensos, en lugar de limitarse a salpimentar la historia y ceñirse a la moderación.
En Montecristo, al mismo tiempo que la batalla policíaca, el protagonista libra una batalla moral en su interior para elegir entre el compromiso y un cómodo silencio. Pero, en este otro terreno, Suter no alcanza la altura necesaria, no describe de un modo convincente la transformación de Jonas Brand, que de ser un investigador rebelde pasa a ser un conformista que acepta la jerarquía de poderes más fuertes que él. A pesar del asesinato de su amigo Max Gantmann, y de haber sido él mismo atracado, golpeado y engañado, Brand decide callar sin apenas conflicto moral y con poca coherencia respecto a su comportamiento anterior. Así, en la novela funciona mejor el contexto bancario que los personajes que lo habitan, que a menudo adolecen de falta de matices, de sustancia y de sólidos rasgos definitorios. A la postre, Montecristo pertenece a ese tipo de libros que resisten bien como conjunto, pero de los que es difícil extraer una cita que resuma un sentimiento o un diálogo brillante que defina a un personaje.
Es una verdadera lástima la cantidad de erratas, descuidos y omisiones que tiene la edición y que desvirtúan la lectura. Empieza a ser preocupante que en editoriales cuidadosas aparezcan tantos fallos, como si intentaran compensar la crisis con recortes en el tiempo y en la dedicación que necesita un libro. No sé si también influye en ese mal acabado el helvetismo del autor, que escribe en alemán con rasgos dialectales, como se ha señalado en alguna reseña, pero el caso es que aparecen demasiadas erratas: «Fue el primer verano (vecino) en salir de su edificio» (p. 246). Errores de concordancia de número gramatical: venían […] querían (p. 23). Omisiones: «pudimos deshacernos a tiempo la liquidez» (p. 83); «miró a los ojo» (p. 88); «Iba detrás [de] una historia (p. 188). Palabras sobrantes: «calculo que unos de cuarenta» (p. 113); «nos mudamos a aquí» (p. 117). Transitivos e intransitivos inadecuados: «ella lo telefoneó» (p. 101), «como la gente que le faltan muchos dientes» (p. 163). O, en fin, de puntuación incorrecta: «Su vestido negro, le daba cierto aire señorial» (p. 215).
En Montecristo, Suter monta una novela por la que el lector se desliza con rapidez páginas abajo, sin esfuerzo. Si no da demasiado, tampoco da menos de lo que exige su lectura. Esquiva el mayor peligro que corre un relato de intriga: que no intrigue al lector, aunque se nota que su autor lo ha escrito pensando más en los aficionados a la novela negra que en cualquier tipo de lector, de modo que en algunos capítulos puede conjeturarse lo que va a ocurrir en el capítulo siguiente. Pero, en su contra, deja una sensación de insuficiencia. Quizás haya un tiempo mínimo necesario para que todo escritor lleve dentro de sí la historia que quiere escribir, con tesón y paciencia, antes de darla por definitiva y de haberle extraído todas sus potencialidades. Y parece que Suter se ha precipitado al cerrar algo que ofrecía un camino más largo y enjundioso, sobre todo en la definición de los personajes.
Cuando una historia policíaca comienza con la muerte de un hombre que cae de un tren en circunstancias sospechosas, resulta inevitable recordar Perdición, la obra maestra de Billy Wilder, donde la pasión y el dinero se entrelazan de forma apasionante. También enMontecristo un hombre cae de un tren y muere, pero en lugar de ocurrir en California, el hecho sucede en la apacible Suiza. Y aunque en esta novela también hay mucho dinero, hay déficit de pasión.
Eugenio Fuentes es autor de un volumen de cuentos, Vías muertas (1997), otro de artículos periodísticos, Tierras de fuentes (Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2010) y de los ensayos literarios La mitad de Occidente (Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2003) y Literatura del dolor, poética de la bondad (Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2013). Su detective privado Ricardo Cupido ha protagonizado sus novelas La sangre de los ángeles (Alba, Barcelona, 2001), Las manos del pianista (Barcelona, Tusquets, 2003), Cuerpo a cuerpo (Barcelona, Tusquets, 2007), El interior del bosque (Barcelona, Tusquets, 2008), Contrarreloj (Barcelona, Tusquets, 2009) y Mistralia (Barcelona, Tusquets, 2015). Es autor también de Venas de nieve (Barcelona, Tusquets, 2005) y Si mañana muero (Barcelona, Tusquets, 2013).




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