22 de gener de 2015

La década negra

[El Mundo / Tendències, 22 de gener de 2015]


La industria del libro factura hoy lo mismo que en los tiempos del ingreso al euro. Los futuros historiadores del sector seguramente recordarán la última como una década negra de la edición. Pero también fueron los diez años de BCNegra, en los que Barcelona se convirtió en la capital del crimen literario europeo. Antes de resignarse a la fatalidad, los editores deberían estudiar de cerca el fenómeno.

Matías Néspolo



Los editores son quejicas por naturaleza, a veces hasta la caricatura que roza el alarmismo inmovilizador o el derrotismo. Y no lo digo para provocar, porque las coordenadas actuales ya justifican con creces lágrimas y desesperación. Pero también lo contrario, o quizá más aún: el trabajo duro y el entusiasmo.

Una fugaz visita a las hemerotecas lo explica todo. Vayamos por partes. Avanzado el año 2005, en la feria Liber, la Federación de Gremios de Editores de España ponía el grito en el cielo ante la enésima y cíclica pseudocrisis del sector. Hoy parece una broma, pero entonces no lo era. El mercado interno ralentizaba su crecimiento --no seguía el ritmo de la economía de la burbuja y el pelotazo inmobiliario-- y la facturación anual de la industria (casi 2.800 millones de euros) iba camino de estancarse. Negro pronóstico que no ayudaba en nada y que, además, tampoco se cumplió, porque el libro siguió creciendo, a paso lento pero firme --incluso cuando el crash financiero de 2007 ya perfilaba la crisis económica global--, hasta situar la facturación de 2008 en los 3.100 millones de euros.

Hoy la caja anual de la industria del libro apenas supera los 2.100 millones de euros, y después de un lustro de desplome y más del 40% de reducción acumulada de facturación, ya se ve con buenos ojos la desaceleración de la caída en sólo un 6% en 2014, que sin embargo aún no ha tocado fondo.

Con esos datos sobre la mesa, hablar de década negra de la edición no es exagerado. Pero también fue negra en otro sentido más luminoso, y es ahí donde cabría preguntarse si los actores implicados tuvieron y tienen algo más que hacer que resignarse a esa supuesta fatalidad.

Hace exactamente diez años, Barcelona aún estaba de luto por la inesperada muerte de Vázquez Montalbán en Bangkok. La novela policíaca, huérfana y todavía cargada de prejuicios, no disponía de ninguna colección especializada por parte de ningún sello. No existía ni un solo premio a obra inédita y el único encuentro de género que había en España era La Semana Negra de Gijón. El gran Paco González Ledesma seguía en activo, pero ya con un pie en el retiro, y a excepción de figuras como Andreu Martín o Alicia Giménez Bartlett, el recambio generacional no estaba asegurado. Hoy leemos a Carlos Zanón, Marc Pastor, Teresa Solana, Toni Hill y tantos otros. Y si es por haber, no había entonces ni lectores siquiera. Sólo existía un club de lectura de novela policíaca en la biblioteca La Bóbila de L'Hospitalet. Hoy hay más de una quincena en toda la Xarxa de Biblioteques del área metropolitana. Toda editorial que se precie tiene una colección policial. Hay un puñado de premios de género a obra inédita, incluido el reflotado Crims de Tinta en catalán. Y los festivales de novela policíaca se reproducen como setas, desde Aragón Negro o Santa Cruz Noir, a Getafe o incluso aquí en el Maresme con el catalán Tiana Negra. De más está decir que ahora todas las novedades negras y criminales, cada vez más numerosas, se aglutinan en el primer mes del año y se dan cita en Barcelona.

¿Y qué explica esa eclosión de la década negra? El entusiasmo y el trabajo infatigable de los sospechosos de siempre: en primer lugar el librero Paco Camarasa, la librera Montse Clavé, el bibliotecario Jordi Canal y una larga lista de fervorosos cómplices que allá por enero de 2005 y con todo en contra pusieron en marcha el primer BCNegra, festival ya de referencia a nivel europeo, que en su décimo aniversario programa más de medio centenar de actividades y revienta su aforo, porque cambia su tradicional base de operaciones de La Capella por el espacioso auditorio del Conservatorio del Liceu.

¿Y qué hubiera sido de la otra década negra, la de la edición, sin ésta? Mejor ni preguntarse. Pero más le valdría a los editores, en lugar de llorar y resignarse a la fatalidad, emular el entusiasmo y el empeño de los amantes del género.



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