16 de febrer de 2016

Vladimir Hernández: "He descubierto y reinterpretado mucho Cuba en Cataluña"

[traducción de la entrevista aparecida en Viu L'Hospitalet, 118, febrero 2016]


Texto y fotos: Toni Delgado


Duerme con muchas historias cercanas a la oreja. En su mesita de noche suele haber una torre de casi una docena de libros pendientes de lectura. Es la “cola de urgencias” de Vladimir Hernández (La Habana, Cuba, 1966) ¿Que si eso surte presión en su ritmo de lectura? Por supuesto, si no fuera por esa presión no llegaría nunca a disminuir esa cola y no podría mirar con calma la cola latente distribuida por géneros y autores repartida en un lugar menos convencional: la estantería. Él, a su manera, devora los libros sin prisa y tiene un método particular de escribirlos.


Vladimir Hernández llega a la redacción de Viu L`Hospitalet después de perderse, sin querer, por las calles del centro del barrio. El rincón de la ciudad donde no necesita GPS es la biblioteca La Bòbila. Es uno de los usuarios más activos. Ahora también puede presumir de ser el décimo ganador del concurso que promueve la biblioteca y convoca L’Ajuntament y Roca Editorial: el Premio Internacional de Novela Negra L`H Confidencial 2016. Lo ha conseguido con la novela Indómito, una historia ambientada en una Cuba descarnada y en descomposición, donde relata, entre otras cosas, un choque generacional.

-Tuvo que ser emocionante y descorazonador al mismo tiempo ser finalista dos veces del premio UPC, ¿no?

Bueno, en realidad fui finalista sólo una vez, en el año 2000, y eso me ayudó a montarme en un avión y venir a Europa. Las siguientes dos veces que concursé en el Premio UPC gané sendas menciones del premio, en 2003 y 2005. Siempre quise salir y habitar otros sitios del mundo, pero en Cuba durante mucho tiempo, lo creas o no, era como nacer atado a una especie de cadena perpetua. No era fácil salir de allí. Quizás ahora se ha agilizado todo el proceso, pero después de más de medio siglo en que casi siempre se salía por vías estatales.

--¿Y lo hiciste gracias al Premio UPC?

Exacto. Envié un manuscrito a una amiga de Madrid, ella lo imprimió y envió a la UPC. Los organizadores me dijeron que les había gustado tanto la obra que querían publicarla en la antología de los ganadores y que me pagarían la publicación porque no era parte del premio. También me preguntaron si quería estar en la gala. No me lo pensé dos veces: tenía claro que quería salir y experimentar un tipo de libertad que quizás tú das por sentado pero que yo no tenía.

--Y te instalaste en Barcelona. ¿El cambio de residencia se notó en tu estilo y lecturas posteriores?

Sí, he descubierto y reinterpretado mucho de Cuba en Catalunya. En Barcelona encuentro aspectos de La Habana que me explican su arquitectura, su cultura… Nunca sospechas la gran conexión que hay entre mi país y Catalunya hasta que vives aquí. Me encuentro como en casa.

--¿Y en Cuba transcurre Indómito?

Cuando vivía en la Isla nunca escribí sobre la Cuba actual; evitaba crear una narrativa que duplicara la realidad. Durante muchos años ha sido casi imposible tener allí un discurso alternativo. Ahora me interesa que la gente perciba mi país de una manera más ajustada a la realidad. Hay mucha visión de postal. Muchos autores cubanos crean –y reconozco que es válido- un constructo sobre la isla en función de su propia narrativa y adulteran la realidad. Pienso que la dosis de realidad no tiene que estar reñida con un buen argumento. Indómito es puro género negro, pero no tiene nada de policial; no es la historia de una investigación sino de una búsqueda.

--Para ti la trama argumental es clave. La mimas.

La trama es esencial; hay autores que se enamoran de sus personajes y los convierten en ángeles en torno a los cuales centran la narración, personajes cuya aureola eclipsa la trama argumental. Yo prefiero contar de una manera más orgánica: cuando mis personajes se mueven perciben arquitectura, aspectos de la ciudad, interactúan con otros personajes de un modo clave para el argumento… La mayoría de la novela Indómito se narra desde la perspectiva del protagonista, Durán, que al comienzo de la historia se encuentra en medio de un bosque, bajo tierra, sepultado en vida. Es importante descubrir cómo llega el personaje a estar en esa situación y quién es. Pero también, a otro nivel, Indómito cuenta una historia de choque generacional.

--¿Por qué?

Nuestros padres forman parte de la generación perdida, aquellos que en 1959 (el año de la Revolución cubana) tenían 20 o 30 años y creyeron en el proyecto sin pedir nada a cambio para que sus hijos viviesen en una sociedad mejor, con unos privilegios que no acabaron de tener ni siquiera sus nietos. Después vino otra generación, la del desencanto: gente que lo dio todo, y que comulgó con los protocolos del sistema e incluso se beneficiaron del momento más álgido de aquella sociedad, pero luego han sido testigos del derrumbe. Ahora han cambiado las reglas; se parece mucho a un “sálvese quien pueda” donde el proyecto de nación ha desaparecido. La generación millennial, los Olvidados, la del protagonista de la novela, ha crecido con estas carencias económicas, y al sentirse libres del discurso ideológico de antaño tienen una mentalidad diferente: ellos conciben y ejecutan sus proyectos sin miedo.




--¿Por qué está en la prisión el personaje principal?

Es un joven que, cuando termina la carrera de Ingeniería en Telecomunicaciones comienza a rebuscarse la vida en un contexto económico muy difícil y enrarecido, en un país donde todo es Ley y Control, que apenas produce y que importa lo que puede. La Internet juega un cierto papel en la historia, pero no debo revelarte más detalles. El resultado es que el protagonista da un mal paso y termina ingresando en un infierno dentro de otro.

-¿Entonces este millennial es un superviviente?

Lo es. Con toda seguridad habría tenido un sueldo digno y capacidad de integración en otro país. En esta novela, unos personajes con oscuras intenciones intentan sacar provecho de un individuo alienado por su situación carcelaria que, en otro contexto personal, no se habría comportado de igual modo.

--¿Qué significa para ti haber ganado un premio promovido por la biblioteca de donde sacas libros?

Muchas cosas. Regocijo y orgullo. Jordi Canal, director de la Bòbila y parte del Jurado, es un especialista en literatura de género negro exigente; échale un vistazo a las entrevistas que concede. Y que el resto del Jurado haya disfrutado la obra y votado por su calidad de forma unánime, es invaluable. Además, estoy muy contento de poder formar parte del catálogo de Roca Editorial. Con esta novela podré llegar a más lectores que con mis publicaciones anteriores. De hecho, todavía estoy digiriendo el premio. Quizás yo te parezca extrovertido ahora, pero en público soy un poco tímido; mi esposa me ha dicho que en cuanto mi cerebro detecta que mis ojos están viendo a más de 30 personas prestando atención a lo que digo, ya no me comporto tan expansivo.


--Y ella, ¿hasta qué punto te ayuda y comprende?

Lo suficiente. Escribir es una profesión solitaria, y a veces no compensa en muchos sentidos. A mi esposa le gusta mi literatura; la lee y opina sin ejercer mucha intromisión, pero siempre apuesta por ella y me anima a que presente mis novelas aquí y allá. Casi siempre es quien imprime el manuscrito, me baja de la nube y me lo pone en las manos, impulso suficiente para salir a buscar dónde colocarlo. Un marido escritor es un caso especial; está ahí, presente físicamente, pero distante al mismo tiempo, inmerso en lo subjetivo; existe una suerte de barrera interpuesta, necesaria para llevara a término sus obsesiones. A mis hijos –son pequeños- les cuesta más respetar esos espacios; a veces estoy escribiendo, hago una pausa para pensar, y en la pantalla aparece de pronto “aaaaaaaaaa” o “bbbbbbbbbb”, miro hacia el teclado y distingo un dedo pequeñito apretando la tecla.

--No siempre una buena idea se transmite bien.

Es que la idea en sí no es mucho. Incluso el argumento padece si no se controla la estructura. Una idea como punto de partida está bien, pero luego lo que cuenta es ese tiempo que sudas vertebrando una historia, el tiempo que inviertes en estar solo, separado de tus seres queridos; el oficio, en definitiva.

--A Jordi Canal Indómito le recuerda las novelas de Richard Stark, el seudónimo utilizado por Donald Westlake. ¿Te gusta mucho ese autor?

Me gusta Westlake, aunque no lo he leído tanto como quisiera. Me gusta sobre todo la energía pulp que transpiran algunos de sus libros. Al igual que Elmore Leonard, Westlake es un especialista en disfrazar de sencillez estilística argumentos con muchas capas de complejidad. No queda otro remedio que subirse a la espalda de esos titanes, emularles. A mi esposa le he dedicado varias novelas, pero esta, al margen de los agradecimientos de rigor, va por Leonard, Westlake y Montalbán.

--Emular a un escritor admirado es muy riesgoso, ¿no?

Para los autores que comienzan comporta un cierto riesgo, pero la emulación es un buen punto de partida: significa aprendizaje, crecimiento, mejora. Eso sí, debes superar tus lastres y moldear tu propio mensaje. Yo le doy mucha importancia a las estructuras. El argumento debe poseer un ritmo musical y hasta que no escucho toda la ejecución de esa melodía no me siento a escribir la letra. Construyo la historia en mi cabeza, de manera virtual, y luego resumo toda la estructura argumental en pequeños párrafos. Después empiezo a escribir, a vivir todo el proceso de descubrimiento entre el comienzo y el final de la historia.

--Trabajar con un guión prefijado está bien.

Cuando te sientas a escribirla, de algún modo es como si la novela ya existiera, y tú, como un intérprete de lo intangible, comienzas a trascribirla, a revelarla. Por lo general la historia no te da muchas sorpresas.

--Pero en este caso podríamos decir que sí te dio una sorpresa.

Sí, pero ocurrió en la génesis de la novela. De nuevo, fue una cuestión de estructuras. Pensaba construir una historia de dos personajes en torno a un evento común, pero con desarrollos paralelos y enfoques diferentes sobre el mismo asunto central. Pero los tempos de ambas historias no cazaban y de repente me vi con dos novelas en perspectiva. Me decidí por Indómito, y ahora estoy trabajando en la otra. Ambas novelas comparten un vínculo tangencial, pero son totalmente independientes.

--¿Cómo te has movido en el sector editorial?

Siempre a través de premios. Pero concursar es una dinámica muy estresante. Trabajas esperando obtener el mejor resultado; cuando acabas la obra, te alejas de ella y la dejas respirar por un tiempo; luego la vuelves a leer y la sometes al criterio de algunos amigos. La retocas, te llenas de optimismo y la presentas en algún concurso. En el caso del L’H Confidencial, me pareció –y no me equivoqué- que la novela Indómito tenía posibilidades de salir airosa.





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