21 d’octubre de 2015

Barcelona como víctima y victimario

[Clarín, Ñ, 20 de octubre de 2015]

Premio Dashiell Hammett. Lo negro de la novela de Carlos Zanón no está en un crimen sino en el aire violento de la ciudad que respiran todos los personajes

Claudia Piñeiro


La novela Yo fui Johnny Thunders , de Carlos Zanón, resultó este año la ganadora del prestigioso premio Dashiell Hammett que se le otorga a la mejor ficción de género policial en la Semana Negra de Gijón. Y lo ganó a fuerza de buena literatura. Con una prosa delicada pero una voz potente, Zanón escapa una vez más de los clichés del género policial. Yo fui Johnny Thunders no empieza con un asesinato que debe ser desentrañado, no hay policías –al menos que importen–, no hay misterio, no hay investigación que busque la verdad.
Yo fui Johnny Thunders es, en cambio, una novela de personajes, coral, por momentos intimista, donde cada uno de ellos toca su instrumento, solo o como parte de una orquesta. Estructurada en capítulos que podrían funcionar como cuentos en sí mismos, la narración se toma el tiempo necesario para que cada personaje despliegue lo mejor –o lo peor– de sí. Y esa, la composición de los personajes, es una de las grandes diferencias con algunos ejemplos de la novela negra más clásica, donde el narrador se ve apurado por una trama que tira con urgencia de la cuerda del enigma a develar.
A pesar de esta licencia de género, o contra el género, Yo fui Johnny Thunders es una novela más negra que cualquiera. Porque en ella la violencia, la vida desgraciada, lo inevitable y la muerte están presentes de la primera a la última página, mezcladas con lo cotidiano, como parte de la vida misma, sin escapatoria. Lo negro no está en un crimen, en un asesino, en su víctima o en quién investiga el caso. Lo negro es lo que respira cada uno de los personajes de Zanón. Está en el encuentro de un padre con un hijo al que hace años que no ve, o en la despedida para siempre de una pareja de amantes, o en las jeringas que comparten dos yonquis entrañables. La violencia no se juega en otro sitio, ni el crimen acontece por estar en el momento equivocado en el lugar equivocado: la negritud del género, como la llama Mempo Giardinelli, es en esta novela parte del día a día de personajes que luchan por ser alguien en una Barcelona que no se los permite. “¿Qué hace esta ciudad con la gente?”, se pregunta Ashianti, una inmigrante tratando de sobrevivir en esa ciudad a pesar de que cree que lo mejor sería volver a casa y olvidar que existe algo como Barcelona en el mundo. Quizás, la historia que cuenta Zanón sea, antes que nada, eso: una novela negra protagonizada por Barcelona. Barcelona, como víctima y como victimario.
Pero además de la violencia y de Barcelona, hay otros protagonistas atípicos en esta atípica novela negra. Uno de ellos es la música de los 80, que atraviesa el texto de Zanón de principio a fin. A partir de un personaje real, el músico Johnny Thunders –mítico, yonqui–, y de una supuesta presentación en Barcelona donde casi no pudo subir al escenario de tanta droga que le hacía confundir la letra de una canción con otra, Zanón nos cuenta quién es Mr. Frankie, el protagonista clásico de esta novela, el héroe/antihéroe, también músico de rock and roll . O Francis, su verdadero nombre, el que usa para regresar a su barrio de La Horta, ese sitio en Barcelona de donde salió hace unos años para triunfar en la música y al que vuelve sin más triunfo que haber tocado en lugar de Johnny Thunders. Vuelve porque no quiere morir.
Pero Mr. Frankie y Francis no son sólo dos nombres para la misma persona. En una suerte de Jekyll y Mr. Hyde, ellos también son dos personas distintas dentro de un mismo cuerpo, el suyo. Francis sabe que si no se aleja de Mr. Frankie no podrá volver a ver a su hijo, no podrá tener una vida propia –por más pequeña que le haya parecido su vida en La Horta en otro tiempo–, no podrá contar con el reparo de una relación que signifique algo más que tener sexo bajo el efecto de la droga que sea. Y el amor de su hijo, el amor de una mujer, la amistad, Francis lo sabe, son lo que vale, las únicas tablas que podrán salvarlo.
Por último, está también la droga como extraño personaje de esta novela de múltiples voces. Tal vez, el asesino que mata sin ninguna piedad en esta historia. Como mató a Lola. ¿O fue Barcelona? “Aquella chica se hizo yonqui en quince días, puta en un año y sanseacabó en poco más. Pisó Barcelona limpia. Antes de que acabase aquel mes se chutaba de todo hasta más allá de lo posible (…) La inmolación de Lola era, simplemente, inevitable.” Porque a Lola no le alcanzaron ni la amistad, ni el amor. Francis consciente de ese final inevitable y no dispuesto a verla sufrir tanto, la acompaña de la manera que sabe y puede. La lleva con el dealer : “Es una emergencia (…) Necesita meterse algo”. Y lo consigue. Entonces Zanón despliega su prosa poética para describir uno de los párrafos más duros de esta novela: “Lola no puede sola. Tiembla casi con espasmos. No va ni a experimentar placer, sólo alivio. Lo cual quizás no es poco. Francis atraviesa su carne y le inyecta, casi con mimo, la droga. Francis bombea la sangre hacia el interior de la cámara. Lola lo mira como un perro a su amo”.
Francis, tal vez, tenga mejor suerte que Lola, porque él quiere vivir. Es lo que más quiere. Si Barcelona se lo permite.



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