27 de juliol de 2015

Saberes para matar mejor

[Clarín, Ñ, 17 de julio de 2015]

Bibliotecas del crimen. Qué leen y cómo investigan los autores de policiales para crear sus ficciones.
Diego Erlan


En agosto de 1946, Leonor Acevedo le regaló a Jorge Luis Borges un ejemplar del libro The Crime of Punishment con la dedicatoria: “Para Georgie, en su gran año! Madre”. Se trata de un ensayo donde la escritora estadounidense Margaret Wilson denunciaba la injustificable crueldad del sistema punitivo. No quedan evidencias de que Borges leyera el libro; sin embargo, permaneció durante años entre los estantes de su biblioteca, donde se acumulaban tratados de filosofía, budismo y mitología, además de las antologías de literatura árabe y poesía estadounidense. Tan extraño como el de Wilson resulta encontrar un ejemplar de Look at Chicago , de Edward Sullivan, en el que Borges anotó, en una de sus páginas, un apellido: O’Banion. Se había interesado en Dion O’Banion, un famoso gángster de Chicago que, en tiempos de la Ley Seca, manejaba una fábrica de cerveza y, como cortina, mantenía una florería. A partir de grabaciones y documentos policiales, Sullivan describe los métodos de O’Banion para amedrentar políticos. Según algunas especulaciones este libro podría haber formado parte de las lecturas que inspiraron a Borges la escritura de Historia universal de la infamia. Estaba interesado en las formas, en los gestos, en la verosimilitud del relato.
Raymond Chandler, en sus “Twelve Notes on the Mystery Story”, de 1949, sostiene que el relato de misterio (y podría referirse también al policial) debe ser técnicamente correcto en lo referente a los métodos de homicidio e investigación. Nada de venenos fantásticos, pide Chand-ler, nada de errores como una muerte por dosis insuficiente. Y eso sólo puede lograrse con una biblioteca científica del crimen. O una inmersión profunda en esos mundos. “Si el detective es un policía profesional –sigue Chandler–, tiene que comportarse como tal y poseer las cualidades físicas y mentales necesarias para su trabajo. Si se trata de un investigador privado o de un aficionado, al menos debe conocer las rutinas policiales lo sufciente como para no hacer el ridículo ante los conocedores del tema. El relato de misterio debe tener en cuenta el nivel cultural de sus lectores; lo que resultaba aceptable en Sherlock Holmes no se puede aceptar en Sayers, Christie o Carter Dickson”.
Atravesados por los saberes y jergas propios de las investigaciones policiales, al estilo de series como CSI o True detective , el autor contemporáneo debe ajustar aún más su pericia e imaginación. El holandés Gauke Andriesse (Las pinturas desaparecidas) entiende que el crimen real es la razón por la que muchos policiales son escritos. Por lo tanto, para que parezca realista, el autor debe saber de qué se trata. “Debe saber absolutamente todo si quiere escribir un buen libro. Si el personaje principal trabaja en un departamento de homicidios de la policía, por ejemplo, debe saber cómo se trabaja en un lugar como ese: cómo son los cadáveres, cómo se desarrolla una investigación, de qué manera piensan o hablan los sospechosos y también cómo operan los dealers de drogas”.
Esto mismo entiende la autora Claudia Piñeiro, que a lo largo de su escritura ha recurrido a manuales de criminalística, libros de medicina o psicología forense, balística o enciclopedias especializadas en criminales. “Como escritora busco en esos textos precisiones que la ficción necesita para ser verosímil”, escribe en el prólogo a Rastros criminales, de la criminóloga Laura Quiñones Urquiza. Para el personaje de Alicia en su novela Tuya , Piñeiro tuvo que investigar sobre cuestiones judiciales y a la vez le resultaron imprescindibles los tratados de tanatología de Osvaldo Raffo.
El blog de este perito médico, autor de La muerte violenta, con más de cuarenta años de trayectoria diseccionando cadáveres, es de consulta permanente para el escritor Osvaldo Aguirre, director del Festival de literatura policial de Rosario “La Chicago Argentina”. Y puesto en la obligación de elegir un título para su biblioteca científica del crimen, Aguirre se decide por La compañía de los muertos, de Brian Masters, un estudio sobre Dennis Nilsen, un empleado que mató a quince personas en la Inglaterra de los años 70 y 80 y ocultó los cuerpos en el sótano de su casa. Aguirre lo considera un material fundamental para comprender cierto tipo de pensamiento y los procedimientos de un asesino y, al mismo tiempo, para entender el fenómeno de los asesinos seriales, abordado desde distintas perspectivas, desde la psiquiatría a la literatura y la filosofía.
Una biblioteca para cada novela es la que organiza Ernesto Mallo, autor de policiales y además director del Festival BAN! Allí reúne materiales diversos, a veces tan disímiles como un tratado científico sobre las algas, que separó para utilizar en La conspiración de los mediocres, publicada este año por Siruela. No tiene dudas de que fue El Relicario la novela por la que necesitó mayor información e investigación. Necesitaba saber, por ejemplo, cuánto demoraba un viaje en diligencia desde Córdoba a Buenos Aires en la época colonial. Consultó estudios históricos y sociológicos, bibliotecas especializadas, Internet hasta el insomnio, pero el dato no aparecía por ningún lado. Al borde del colapso, recordó que Manuel Mujica Lainez tenía un cuento que hablaba precisamente de un viaje como el que imaginó él. “Era uno de los cuentos de Misteriosa Buenos Aires , yo tenía el libro y, por una vez en la vida, lo localicé rápidamente en mi biblioteca. Ansiosamente pasé las páginas buscando ‘La Galera’, el cuento en cuestión. Si alguien sabía cuánto tardaba ese viaje, ese alguien era Manucho. Allí estaba frente a mis ojos la solución ansiada. El cuento comienza así: ‘¿Cuántos días, cuántos crueles torturadores días hace que viajan así, golpeados sin piedad contra la caja de la galera, aprisionados en los asientos duros? Catalina ha perdido la cuenta’. Aquello fue toda una lección, muchas veces cuando el dato no aparece, la literatura provee la solución. Vale decir que quizás para un escritor de ficción armarse la biblioteca científica de su novela no sea estrictamente necesario, pero debo confesar que me da una agradable sensación de tranquilidad circular por terreno conocido”.
En diálogo con su editor, Harvey Ginsberg, el escritor John Irving comentaba que dedica más de un año tan sólo a tomar notas. No le gusta empezar una novela hasta que conoce la historia, entiende quiénes son los personajes principales, cuándo y dónde se conocen, y cuándo y cómo sus caminos vuelven a cruzarse. “En la voz del narrador ha de haber autoridad y autenticidad”, dice el autor de Príncipes de Maine, reyes de Nueva Inglaterra, novela en la que construye el personaje del doctor Wilbur Larch –obstetra y abortista de mediados del siglo XX– e incluye una bibliografía sobre la cuestión.
El único libro sobre ciencia forense que Pablo De Santis leyó fue Les experts du crime, de Frédéric Chauvaud, un estudio sobre la ciencia forense en la Francia del siglo XIX. Estaba interesado en aspectos puntuales, por ejemplo en cómo se realizaba una autopsia en el siglo XIX (“el primer paso era marcar con tintura de yodo una Y invertida en el pecho del cadáver”, explica). Y tanto para El enigma de París como para Crímenes y jardines y una tercera novela, todavía inédita, que tiene el mismo protagonista, leyó algunos ensayos sobre la mentalidad positivista: una monumental antología de Cesare Lombroso, Los hombres de presa de Luis María Drago y La locura en la Argentina de José Ingenieros. Aunque reconoce que al escribir policiales se le aparece el recuerdo de Enrique Sdrech, el gran cronista de policiales de Clarín: “En los años 80, Sdrech trabajaba por las mañanas en la revista Radiolandia de la editorial Abril, y durante cinco años conversé con él todos los días. Nos mostraba, a los entonces jóvenes colegas, toda clase de fotos de crímenes que guardaba en su escritorio, y nos contaba los casos que más le habían interesado, como el de Penjerek en los años 60 hasta el de la doctora Giubileo –desaparecida en la colonia Open Door– en los 80”.
El periodismo es otra fuente para Osvaldo Aguirre. Al componer un personaje que vendía drogas, en uno de los cuentos de su libro Rocanrol, diseccionó una entrevista del periodista Ricardo Ragendorfer a un dealer, publicada en la revista Pistas, donde se explicaba en forma minuciosa y didáctica las diferentes formas de estirar cocaína y los distintos efectos que esos cortes provocan en los usuarios. “No sólo me atrajo en términos de información sino también por el modo en que el dealer hablaba de su oficio, las palabras que usaba, la forma de su discurso.” Otra nota para Chandler: el mayor crimen del escritor, entonces, sería traicionar el lenguaje de su historia.




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