6 de març de 2015

'Arab jazz': dos detectives letraheridos en busca de dios

[Elemental, 6 de marzo de 2015]

Juan Carlos Galindo



La novela negra francesa goza de buena salud, ya lo sabemos. El escritor Víctor del Árbol me recomendaba hace unos meses cuatro voces absolutamente originales. Marc Fernández en su Alibi, ese proyecto suicida y maravilloso, lo hace en cada número. Bernard Minier lo hizo en este artículo de Elemental. Voces distintas, literatura llena de vigor y vida y muerte. A pesar de estar tan bien rodeado y aconsejado, no se me había cruzado el nombre de Karim Miské, el autor de Arab jazz, Gran Premio de la literatura policial en Francia 2012 y que ahora publica en español la editorial Adriana Hidalgo.
Un asesinato de una azafata en un barrio de inmigrantes marcado por los radicalismos religiosos y la delincuencia sirve de arranque a un libro hipnótico, con un lenguaje potente, unos personajes fascinantes y una descripción del lado oscuro de Francia alejada de cualquier versión del buenista de la vida.

Laura, una joven belleza que vive sola y trabaja para Air France ha sido brutalmente asesinada en el distrito 19 de París. El joven Ahmed, su vecino, un hombre incapacitado para la vida normal por una depresión profunda y que vive alimentado por las novelas negras que le compra al peso al librero de viejo del barrio, encuentra el cadáver pero no dice nada. Jean Hamelot y Rachel Kupferstein, tenientes de la policía ante su primer gran caso tienen que investigar lo ocurrido.
Este planteamiento clásico, servido en las primeras páginas a un ritmo muy particular e intenso, da lugar a una novela en la que hay de todo: una gran investigación y tramas cruzadas con una red alucinante de narcotráfico, relaciones amorosas imposibles, dolor y muerte y exclusión y sufrimiento y radicalismo religioso. Un libro que no parece para nada una primera novela, pero que lo es. Karim Miské (Abidjan, 1964) ha sido director de cine y guionista pero Arab Jazz es su debut literario. La novela, que ya desde el título tiene una referencia clara a James Ellroy, está poblada de detalles clásicos, de pequeños homenajes, pero la narración marcha a su ritmo, un ritmo distinto, a veces sincopado, cambiante, que recoge las voces del barrio, el lenguaje policial, la desesperación de quien filosofa sin encontrar la respuesta, la locura. Ellroy con Porthishead y unas gotas de rap.

Los personajes son uno de los grandes méritos de la novela. Y si no, vean. Además del ya señalado Ahmed, cuya figura sirve para articular toda la narración, tenemos a Mercator, el jefe de los dos tenientes, un comisario que vive para la justicia, que espera su momento, que piensa trazando círculos perfectos en hojas de papel. Una figura imponente que no para de filosofar sin encontrar respuestas pero que tiene una cosa clara: “El mal existe y a menudo y se organiza”.
Los dos policías son todo un hallazgo. Hamelot, bretón, hijo de militante comunista, con un pasado turbio de fascinación por la violencia, imbuido por la literatura de Chandler, Hammett y Horace McCoy y con el whisky y la lucha de clases como máxima aportación paterna a su educación. Kupferstein, judía pelirroja, bella e inquietante, con una maravillosa inteligencia práctica que no duda en utilizar. Los dos han estudiado en la universidad, sus orígenes les alejan del policía clásico, son dos letraheridos metidos a buscadores de justicia y de una razón que lo explique todo.
Me gusta esta presentación:
“En el silencio de la noche, los dos tenientes están semi tumbados, cada cual en una punta de la terraza, en pequeñas reposeras de color fluorescente y armazones metálicos. Verde para Jean, naranja para Rachel. Ya conocieron la sobredosis, los crímenes pasionales, la sordidez cotidiana, pero el homicidio de Laura es su primera y genuina experiencia con el horror. Se trata de afrontar, de contemplar el fondo de un alma. Habrá que domeñar este asesinato, nutrirse de él, rumiarlo, penetrarlo. Y volver a salir de él. Ir más allá de la simple fascinación por el mal. Así que intentan hacerlo, frente a la delgada luna creciente en el cielo estrellado de esta noche de julio. Rachel se dice a sí misma: “Si fuéramos dos enamorados, miraríamos juntos el cielo en busca de una estrella fugaz”. Pero no es el caso y ella se limita a seguir el trayecto errático de un satélite. Está pensando en otra cosa”
Su contrapunto aparece ya avanzada la novela, en forma de dos demonios, asesinos corruptos que portan la misma placa que ellos. Los chicos del barrio y sus historias, su paso por la indefinición juvenil, la fascinación de algunos por el radicalismo completan el panorama.
La trama se desarrolla también a través de una red montada al otro lado del Atlántico para mover una droga maravillosa que te hace sentir como Dios. Y la mueven la hija de líder de una secta radical de Testigos de Jehová y un judío que encuentra en la religión y la química su camino. Cómo se relaciona esto con lo que ocurre en París y cómo sigue todo a partir de aquí es un ejercicio complicado en el que la novela podría haber desbarrado por completo, pero del que el autor sale indemne.
Si el otro día defendíamos el puro entretenimiento, hoy volvemos al lado oscuro y negro de la vida y la literatura, a esas novelas que dejan un poso de inquietud, que cambian la mirada de quien las lee, que hacen que muchas cosas merezcan la pena. Arab Jazz es francesa y universal, es clásica y novedosa, es potente y brillante. Nunca mejor dicho:Vive le noir!!



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