14 d’abril de 2017

Pioneros y detectives victorianos

[La Voz de Galicia, 14 de abril de 2017]

Héctor J. Porto

Una nueva colección de Siruela se suma al rescate, por otras editoras, de numerosos autores olvidados de las letras anglosajonas que fueron cimentando en la primera mitad del siglo XX las claves de la narrativa policial con Holmes como ideal de investigador


La presencia del muerto no garantiza la novela policíaca. El hecho de que el cuerpo de Abel yaciese sin vida a los pies de Caín no convierte a ese pasaje del Génesis en el primer relato policial de la historia. Más allá de que el primogénito estrangulase a su hermano o lo matase a golpes con una quijada -la Biblia no ofrece detalles-, las circunstancias del crimen estaban claras. No había misterio alguno en aquel asesinato animado por el demonio de los celos. Adán no inició una investigación, Dios ya había decidido sobre el culpable y el castigo. En tal sentido, hay quien defiende la necesidad de remontarse a Edipo rey (siglo V a. C.), del dramaturgo griego Sófocles, o a la Historia de las tres manzanas, uno de los primeros cuentos de la recopilación realizada en época medieval y en lengua árabe Las mil y una noches, para rastrear los albores de la narración detectivesca.
Tampoco es cosa de ponerse excesivamente dogmáticos con los orígenes... Suele hablarse de Poe (La cámara secreta, 1837; Los crímenes de la calle Morgue, 1841), de Charles Dickens (Casa desolada, 1852), de Charles Warren Adams (El misterio de Notting Hill, 1862), de Wilkie Collins (La piedra Lunar, 1868), de Anthony Trollope (Phineas Redux, 1873), de Arthur Conan Doyle (Estudio en escarlata, 1887), y de muchos otros. Incluso surgen ejemplos en otras literaturas como El clavo, una nouvelle de corte policíaco publicada en 1853 y debida al narrador granadino Pedro Antonio de Alarcón, que se inspiró en un caso real que apareció en los periódicos de la España de entonces. Por no hablar de, en Francia, Émile Gaboriau (El caso Lerouge, 1866) y su detective monsieur Lecoq, famoso por su habilidad con los disfraces. Aunque cuando alguien con el prestigio crítico de T.S. Eliot dejó dicho -ya a mediados de los años 20- que La piedra Lunar es «la primera, la más larga y la más perfecta novela policial inglesa» jamás escrita, ocurre que la discusión acalorada se adormece por un tiempo.
Y parece claro que, por su ambición e intenciones, es un hito fundacional, aunque el planteamiento sistemático y la introducción de la ciencia y la acción que suponen las aventuras de Sherlock Holmes, personaje creado por Conan Doyle (1859-1930), serán el paso definitivo en la evolución del relato detectivesco. El padre Brown de Chesterton afianzará con sus inteligentes paradojas el camino. Otra cosa es el espaldarazo a la construcción del género que da la obra de Agatha Christie (su primer Poirot data de 1920). Todo ello sí fija como indiscutible la premisa de que la novela policíaca en su gestación es un producto genuinamente anglosajón. Y tampoco sería exagerado vincular su nacimiento a la Inglaterra victoriana, una época que, en líneas generales, determina el prolongado reinado de Victoria, entre 1837 y 1901, aunque sus características, de tan amplio espectro, se alargarán en el tiempo, e incluso preexistían en los años inmediatamente anteriores. De hecho, en 1829, el Gobierno funda el cuerpo de Policía Metropolitana de Londres, antecedente inmediato de Scotland Yard (1842).
Es en este momento cuando las ciudades crecen y arrollan la vida del campo, cuando el ascenso de la burguesía comienza a desplazar a la aristocracia de los espacios de poder, como recuerda Ana Useros en el prólogo que redactó para la magnífica selección de Cuentos de detectives victorianos que preparó para el sello Alba y que incluye a autores como William E. Burton, Dickens, Collins, Conan Doyle, Grant Allen, M. P. Shiel, George R. Sims o Robert Barr. El dédalo de vibrantes y mal iluminadas callejas de aquel Londres en expansión era un espectacular y terrible escenario especialmente proclive a que el crimen se desbordase en sus noches de niebla, miseria y excesos. Esa realidad era un material más que adecuado para que el escritor pudiese alimentar sus ficciones policiales, pero también las publicaciones, revistas y folletos de literatura barata. El volumen Londres Noir. El libro negro del crimen, publicado por el sello La Felguera, es una muestra excelente de ese propicio caldo de cultivo previctoriano. El tomo reúne una selección de textos de carácter periodístico extraídos de la publicación The Newgate Calendar, un boletín mensual de ajusticiamientos -subtitulado The Malefactors Bloody Register [El sangrante registro de malhechores]- cuya producción se atribuye al vigilante del infame penal londinense de Newgate. Vidas, fechorías y peripecias de caníbales, regicidas, ladrones de cadáveres, piratas, envenenadoras, incendiarios, revolucionarios y toda suerte de asesinos componen este estremecedor y fascinante fresco.
Su intención última parecía ser pedagógica, pero eso no impide que explotase la vena popular, que diese a la gente algo que esta demandaba. Era habitual, entre los años 1750 y 1850, encontrar este folleto en los hogares ingleses, donde se animaba a los niños a leerlo -o se les leía-, ya que se creía que podía servir para inculcar unos principios y una moralidad básicos para llevar una vida recta: el miedo al castigo e incluso a la guillotina escocesa alejaría a los críos de la tentación de descarriarse. Este boletín fue no solo favorecedor del relato de crímenes sino también precursor de la novela gótica y de los llamados penny dreadful -formato de publicación serializada sin reconocimiento cultural que adjuntaba relatos de terror y que costaba un penique-.
Más allá de esta brutal truculencia de objetivos moralizantes, del caos realista de la crónica de sucesos, la apuesta de la literatura irá implantando la racionalidad, el intelecto, la ciencia y la lógica deductiva para guiar el relato de la verdad que debe desentrañar al criminal y las intrigas que lo rodean, un Holmes para imponerse en el hábitat de Jack el Destripador. Y ese triunfo del positivismo -que también encierra un sesgo moralizante y socializador- no solo marcará el período victoriano sino que lo excederá de la mano de la poderosa imagen del excéntrico Holmes y de los enigmas de habitación cerrada de Agatha Christie.
Es esta época la que recorre la nueva colección de la editora Siruela, que rescata diversos autores de los años treinta y cuarenta, casi todos olvidados hoy, y que, pese a que incluye algunos nacidos en Nueva Zelanda y EE.UU., están santificados por ese toque british que comportan los escenarios distinguidos, los personajes de la alta sociedad, el humor flemático, y los crímenes que, sin dejar demasiada mancha de sangre, deben resolverse muchas veces en espacios bien delimitados (ya sea un avión, un teatro o una mansión campestre).
DEL «CHARM» AL VITRIOLO
Todos quieren además tener su propio Sherlock Holmes, un investigador audaz, que está por encima de las convenciones, con un sentido del humor elaborado, un cierto gusto por la literatura y las ciencias, y que se mueve igual de cómodo entre la alta sociedad y en los más infectos tugurios. En esta capacidad, y ante las reticencias que halla, sobre todo, entre la vieja aristocracia, suele asomar incluso el detective (o funcionario) crudamente irónico, que se regodea en el amparo de la ley o en la presencia cercana de un muerto. En ese terreno -inundado unas veces de charm [encanto] y otras de vitriolo- crecen, por ejemplo, el inspector de Scotland Yard Roderick Alleyn (creación de la neozelandesa Ngaio Marsh), el bibliófilo y detective Henry Gamadge (de la neoyorquina Elizabeth Daly), el inspector Bernard Bray (de Christopher St. John Sprigg), el inspector John Applebay (de Michel Innes), el profesor oxoniense Gervase Fen (de Edmund Crispin) y el caballero Albert Campion (de Margery Allingham). A otros, como a Richard Harding Davis, en En la niebla, los mueve únicamente el placer de narrar para trazar un divertimento de club de caballeros que gozan del desafío de la inteligencia.
Mientras, no debe perderse de vista que, paralelamente a que Hércules Poirot daba sus primeros pasos, al otro lado del Atlántico, Dashiell Hammett sacaba «el asesinato del jarrón veneciano y lo echó al callejón; devolvió el asesinato al tipo de gente que lo comete por algún motivo, no solo por proporcionar un cadáver a la trama. Y con los medios que tenían a su alcance, no con pistolas de duelo forjadas a mano, curare o peces de colores. Trasladó a esa gente al papel, tal como era, y la hizo hablar y pensar en la lengua que habitualmente usa». Así describió Raymond Chandler el nacimiento del hard-boiled [duro y en ebullición], lo que años después se denominaría novela negra. Quedaba claro el matiz que la separaba de la narración detectivesca. Pero eso no invalida en nada el placer de la lectura.


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