30 d’agost de 2016

Harry Hole: El gigante noruego que cae simpático

[El Mundo, 30 de agosto de 2016]

Enric González

Jorge Arévalo

Munzer Fahmi era mi librero de cabecera. Sólo había dos librerías palestinas en Jerusalén, ambas en el sector ocupado, y eran las únicas que valían la pena en la ciudad. La de Fahmi estaba en el Hotel American Colony. Sospecho que aquel hombre leía todo lo que entraba en su pequeño establecimiento. Acumulaba cultura y cordialidad y nunca daba un mal consejo literario. Una tarde no fui a charlar ni a husmear en las estanterías, sino a pedir auxilio.

-Quisiera largarme de aquí ahora mismo, pero no puedo. ¿Tienes algo que se parezca a un billete de avión?

-Fahmi sonrió con un punto de burla, como siempre. ¿Qué iba a contarle yo sobre Jerusalén? A él, nacido en la ciudad, las autoridades israelíes intentaban deportarle una y otra vez.
 -Ah, esta ciudad. Es agobiante a veces, ¿verdad? Tengo lo que necesitas.-Se levantó de su mesa y me señaló un anaquel bajo, repleto de libros de un tal Jo Nesbø.
 -¿Alguno en particular?
 -Si se trata de un caso de vida o muerte, empieza por el más potente: El muñeco de nieve. Si no estás completamente desesperado, date el lujo de empezar por el principio. Llévate El murciélago.

Me lo llevé. Al día siguiente volví y compré todos los demás, todo lo que Nesbø había publicado hasta 2011. La receta de Fahmi funcionó perfectamente.

Harry Hole, el detective del noruego Jo Nesbø, mide casi dos metros y cumple con los tópicos del género: alcohólico, fumador, terco, razonablemente antipático, sentimentalmente fracasado, indisciplinado y, por supuesto, muy buen policía. Le encuentro una ventaja sobre los demás detectives escandinavos de novela negra: refleja los fallos del sistema socialdemócrata, la abundancia de madrigueras neonazis, la corrupción, la plaga de toxicomanías y el tedio general, pero, a diferencia de otros, no se solaza en ello hasta el punto de hacer pensar al lector que entre Oslo y Alepo, mejor Alepo.

No se interprete esto como un rechazo a la novela negra escandinava, en su conjunto la más interesante del planeta. El islandés Arnaldur Indridason, los suecos Liza Marklund, Stieg Larsson y Henning Mankell, la noruega Karin Fossum, y unos cuantos más, conforman una generación prodigiosa. Por otra parte, la crisis social y económica de los países escandinavos ofrece un escenario idealmente oscuro para el bisturí crítico de la literatura negra: la inmigración ha contribuido a quebrar la solidaridad que hacía posible la convivencia en una región de clima brutal, la emancipación de la mujer (con grandes dosis de discriminación positiva) no ha sido aún digerida por los hombres, milagros industriales como el de Nokia se han venido abajo y los movimientos antisistema tienden a lucir cruces gamadas. La delincuencia, la violencia sexual especialmente, alcanza los niveles más altos de Europa en países como Suecia o Dinamarca. Pero tenía que elegir un solo detective escandinavo, para no abrumar con una sobredosis de smorgasbord, y me quedo con Harry Hole. En sus aventuras no se relata la crisis: se ve.

Jo Nesbø (Oslo, 1960) tampoco resulta un escritor convencional. En Noruega es más conocido como estrella del rock por su grupo De Nerre. El tipo se alistó en el ejército, estudió Económicas y durante un tiempo compaginó su trabajo diurno como broker con el trabajo nocturno en los escenarios. Física y mentalmente agotado, embarcó en un avión y se largó al otro lado del mundo, a Australia, con la idea de comenzar una nueva vida. Durante el viaje comenzó a redactar El murciélago. La primera aventura de Hole transcurre en Sidney. El resto tiene como escenario Oslo, donde el escritor reside.

Nesbø utiliza a Hole como saco de boxeo. No creo que exista otro investigador de ficción tan zarandeado, golpeado y tiroteado; donde no llegan sus muchos enemigos, llega el propio policía con sus impulsos autodestructivos. Al propio Nesbø le extraña que su personaje caiga simpático a los lectores. Y, sin embargo, es así. Hole cuenta con millones de entusiastas. Quizá la clave radique en el ritmo narrativo.

Harry Hole nunca tiene tiempo que perder.  Sus reflexiones autoconmiserativas duran unos pocos párrafos porque la acción, desenfrenada, se lo lleva en volandas. Jo Nesbø es un maestro en la construcción de historias y un mago en su desarrollo: como si tuviera el pedal de su batería justo detrás, marcando un dos por cuatromolto vivace o presto, la partitura fluye a gran velocidad y con las páginas pegadas al suelo, sin derrapar en ninguna curva. No es capaz de acercarse al supremo talento literario de Georges Simenon, sus diálogos no son los de Raymond Chandler y carece de la capacidad de Andrea Camilleri para recrear ambientes y atmósferas, pero lo que sabe hacer, contar historias que cortan el aliento, lo hace estupendamente.

Algún día tendré que darle las gracias al librero Munzer Fahmi, por Jo Nesbø y por unas cuantas cosas más.




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