1 de juny de 2016

«Thrillers» en la Feria del Libro, historias con alma negra

[ABC, 31 de mayo de 2016]

Carlos Zanón

Clásicos como Ross Macdonald conviven con tipos duros como Jo Nesbø y veteranos de la estatura de Andreu Martín, Pierre Lemaitre y Louise Penny. Corre la sangre


Mientras unos siguen preguntándose si es una moda, si «Millennium» era un «bluf» o si es capaz un país de albergar más festivales de novela negra que campanarios, las noticias llegan. De fuera y de dentro. Buenas y malas, claro. El género -de eso estamos hablando, de un género que lleva reinventándose desde hace décadas- nos entrega autores y libros interesantes en medio de morralla, ciclostil y material de deshecho, por supuesto.
Cansados de tragar quina, ha habido quien ya se ha metido el rapé por los agujeros de la nariz y ha señalado a los plebeyos negros como unos farsantes que se habían colado en la fiesta. Que ya vale la broma, vamos. Que tampoco es para tanto. Que la novela negra es un género de evasión. No conclusivo. De consumo. Un placebo. Lo es. O no siempre. ¿Algún problema al respecto?
Los géneros sobresalen cuando las individualidades no son gigantescas. Quizás la cuestión no sea que una serie de libros de alma negra (no necesariamente policial: haremos tatuajes de esto si es necesario) se hayan situado en el mercado, reteniendo una cuota de lectores. Quizás es que el argumento a ese «no hay para tanto» debería acompañarse con libros incontestables. Los esperamos con avidez. Llevamos años esperándolos.

Reformulaciones

Quizás todo radique en que como lo negro vende un poquito -menos de lo que se cree pero más que la mayoría de los Grandes Escritores y los Aspirantes a Grandes Escritores y Generadores de Opinión desde «blogs», lanchas zodiac e iglús-, pues han llegado los mohínes y las órdenes a mayordomos y demás personal frustradete para que controlen la puerta de acceso a la sala de fiestas. Tranquilos, la sangre no llegará al río. De aquí a nada, el debate será sobre la muerte de la novela o algo aún más novedoso.
En el mercado de habla hispana, la Feria puede lucir un extraordinario libro del argentino Marcelo Luján: «Subsuelo» (Salto de Página), premio Novelpol y firme candidato al Hammett de la Semana Negra de Gijón este año. Tampoco se pierdan a David Llorente, que ha ganado el último certamen de Valencia Negra con «Madrid:frontera» (Alrevés). En realidad, ambas novelas son expresiones de uno de los vectores que se pueden vislumbrar en la actual novela negra española, que es el de reformularse desde más allá de los lindes del propio género. Escribir desde una mirada negra que puede dar lugar o no a una literatura de género negro.
En cierto modo, es lo que ha hecho desde el principio Víctor del Árbol: escribir más desde el Mal (o la representación de este) que desde la Violencia como lenguaje negro. Del Árbol consiguió el premio Nadal de este año con «La víspera de casi todo» (Destino). Otra reformulación del género, no radical sino desde estructuras narrativas claras pero con la subversión del humor, es la que muestra Carlos Salem, que de la mano de su editorial, Navona, pone al día su catálogo además de presentar novedad con «Relatos negros, cerveza rubia».
Otro de los vectores es, a mi entender, el de autores emergentes y consolidados que han decidido bajarse del caballo y ver para dónde tirar. Pero en vez de presentar libros de ensayo y acierto o error, lo han hecho saliendo de su zona de confort. En esos términos pueden englobarse las últimas novelas de Claudia Piñeiro, «Una suerte pequeña» (Alfaguara), un soberbio manual de entramado psicológico; Berna González-Harbour, «Los ciervos llegan sin avisar» (RBA), más personal y permeable al exterior que sus novelas de la comisaria Ruiz; o Lorenzo Silva al llevar a Chamorro y Bevilacqua fuera de su entorno, a Herat, Afganistán, en «Donde los escorpiones» (Destino).
En algunas ocasiones, y con excelentes resultados, los autores hasta se han alejando del género: Rosa Ribas con «Pensión Leonardo» (Siruela), Alexis Ravelo y «La otra vida» de Ned Blackbird (Siruela) o el impecable ejercicio de estilo y mordiente narrativa de Toni Hill con «Los ángeles de hielo» (Grijalbo).
Y por último, el goteo de novelas de Andreu Martín («La violencia justa»; RBA), Julián Ibáñez («Gatas salvajes»; Libros del Laberinto), Empar Fernández («Maldita verdad»; Versátil), Jordi Ledesma («El diablo en cada esquina»; Alrevés), Martin Kohan («Fuera de lugar»; Anagrama), Ernesto Mallo («La conspiración de los mediocres»; Siruela), Élmer Mendoza («Besar al detective»; Grijalbo) o la sorpresa de la temporada, ese maravilloso incesto irónico entre novela de aventuras, policial y sátira de escritores que es «Los muertos viajan deprisa», de Nieves Abarca y Vicente Garrido (Ediciones B).

Seguir de cerca

Ya en otras lenguas, con todos los agujeros que mi criterio puede tener, creo que como novedades no estaría de más buscar en la Feria el último Indridason, que publica RBA bajo el título de «Pasaje en las sombras», mientras que sería un error perderse tanto la recuperación de un clásico, «Adiós en azul» (Libros del Asteroide), primero de la serie del detective Travis McGee escrito por John D. MacDonald, como la obra más premiada de la autora canadiense Louise Penny, «Enterrad a los muertos», en la colección «Black» de Salamandra, que también tiene más golosinas en la nueva sensación del «noir» italiano, con Antoni Manzini, que si les gustó en «La costilla de Adán» les gustará más en «Una primavera de perros»; y con Tom Rob Smith y «La granja».
Navona nos sirve dos Ross Macdonald, «El coche fúnebre a rayas» y «La Wycherly», y la colaboración del imprescindible Massimo Carlotto con Marco Videtta en el ciclo «Las Vengadoras»: «Eva». Más de la serie de Harry Hole, el personaje creado por Jo Nesbø, en «Fantasma o Cucarachas» (colección «Roja y Negra» de Reservoir Books); más de Pierre Lemaitre, que cada vez cuenta con más lectores en España y es capaz de lo mejor («Alex»), lo sublime («Nos vemos allá arriba») y también de lo peor («Vestido de novia»), ahora con, al parecer, buenas vibraciones: «Camille» (Alfaguara).
Para finalizar, más tiros seguros de fuera y de aquí. Richard Price con «La vida fácil» (Literatura Random House), Adrian McKinty con «Por la mañana me habré ido» (Alianza), Ignacio del Valle con «Soles negros» (Alfaguara), y Aro Sáinz de Maza con «El ángulo muerto» (RBA), todos ellos tipos a los que hay que seguir de cerca.



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