31 de maig de 2016

Indómito: un neopolicíaco con aroma y sabor cubano

[El Norte de Castilla, La sombra del ciprés, 28 de mayo de 2016]

Vicente Álvarez


Del siempre atractivo catálogo de Roca Editorial llama la atención especialmente el espacio que dedica al thriller y a la novela negra. Gracias a ese interés por la difusión de la literatura de género nació, hace ya unos años, el Premio L’H Confidencial, uno de los más importantes y prestigiosos dedicados al género negro. En su última edición el ganador ha sido el escritor cubano Vladimir Hernández con la novela titulada “Indómito”, un adictivo noir de un novelista que se declara deudor del romanticismo cínico de Raymond Chandler y también de autores como Elmore Leonard, James Ellroy, Michael Connelly y John Connolly. Con tales padrinos no resulta extraña la afiliación hardboiled de “Indómito”, una novela que se desarrolla en La Habana durante el año 2014 y que comienza de una forma impactante: Mario Durán, el protagonista de la novela, despierta en una fosa con el cuerpo ensangrentado, un montón de tierra encima y con el cadáver de su mejor amigo al lado. Es el principio de algo parecido a un descenso a los infiernos en clave Divina Comedia pasada por el filtro del son cubano y también de una vuelta de tuerca a los demonios vengativos de un Edmundo Dantés caribeño a lomos de una Harley Davidson. ¿Qué ha ocurrido hasta llegar a esa situación? Apenas unos días antes, Mario y Rubén, su mejor amigo, estaban en la cárcel tras un mal negocio que les había arrojado al penal de Valle Grande donde habían sido recibidos por otros reos a gritos de “Carne fresca” y con amenazas de sodomía entre carcajadas y burlas. Siete años de condena pero ambos sabían que podían estar muertos en siete días. Sin embargo, sorprendentemente son liberados. El precio a pagar no es otro que participar con sus conocimientos tecnológicos (los dos amigos son ingenieros de Informática y Telecomunicaciones) en un importante robo. En una narración llena de matices floridos y aspereza violenta asistimos a la preparación del robo y a la aparición de otros personajes como el Zurdo, Silvia y Sandoval, el matón que parece dirigirlo todo, aunque Durán rápidamente descubre que hay un hombre en la sombra que es el que realmente manda. A pesar del éxito del trabajo, los dos amigos descubren demasiado tarde que han sido utilizados… Rubén muere y Durán es enterrado vivo. Nada, sin embargo, puede detener a un hombre como Mario Durán, alguien de carácter indómito, tal y como muy bien señala el título de la novela. Vladimir Hernández sigue tirando de flashbacks y nos habla de la niñez de Durán y de cómo se forjó su espíritu de resiliente nato. Abandonado por su madre a los siete años y a cargo de un padre violento, sin oficio, bebedor, exmilitar expulsado de las FAR, reciclado en bisnero ocasional y estafador itinerante; un padre que nunca le abrazó pero, a cambio, le enseñó a conducir y a disparar como nadie. Gracias a ello, Durán se convierte en un superviviente pero también en un hombre que ha heredado la misma pulsión violenta que caracteriza a su progenitor, una frustración latente, una furia y una agresividad que es lo único que le ayuda a soportar el dolor. Alguien por el que, a pesar de transformarse en una criatura de sangre fría apostada bajo la arena del desierto aguardando a sus víctimas, es inevitable sentir empatía. Había llegado el momento de patear el avispero y Durán no duda en vengar la muerte de su amigo. La novela se transforma en una persecución implacable y en una narración de crímenes llena de violencia y horror. Vladimir Hernández resuelve el viaje trepidante a los infiernos que protagoniza Durán con auténtica maestría. Lo hace abusando de marcas de coches, de pistolas, de puros, de móviles, de ropa (Durán dispara pistolas Stechkin APS y Makarov soviéticas, bebe cerveza Cristal, calza botas Caterpillar, viste jeans Lee y chaquetas tejanas Wrangler, conduce un Plymouth Deluxe con parachoques cromado…) pero también con una prosa que se puede oler y saborear (“el cuartucho olía mal; a miedo y adrenalina, al perturbador aroma metálico de la sangre, a desesperación enclaustrada”). Y, al fondo, siempre La Habana como personaje principal. Una ciudad que también reconocemos en sus olores y sabores, en las conversaciones y los ruidos del barrio, en la extroversión de los patios vecinales, en los jadeos y palabras de gozo escuchados a través de ventanas abiertas. En fin, “Indómito” es un ejemplo perfecto y logradísimo de ese neopolicíaco convertido en género pop y narrativa de reflejo social tan necesario e incluso envidiable que nos llega desde Hispanoamérica.




0 comentaris:

Publica un comentari a l'entrada

 
Google Analytics Alternative