21 de gener de 2016

Retrato de la peor maldad humana

[Clarín, 20 de enero de 2016]

Novela policial. Aunque atrapante, el nuevo thriller de Jo Nesbø repite fórmulas y muestra contradicciones en su visión

Margara Averbach


Fantasma, última novela de la serie del detective Harry Hol e de Oslo se abre sobre una contradicción de fondo, lo cual no implica que no se lea de corrido ni que Nesbø no sepa dosificar el horror, el suspenso y el ritmo de su narración, al contrario, en esos sentidos, esta es una novela muy eficiente.
La contradicción pone en disputa la lectura general del mundo que transmite –una lectura pesimista, conservadora, según la cual el ser humano es esencialmente un desastre salvo excepciones y la existencia no tiene lógica– con la estructura general del relato, cerrada, cuidadosa, casi matemática. El libro es como el caso que presenta: al final todos los fragmentos cierran y los sucesos se convierten en un todo comprensible, no queda un solo cabo suelto. ¿No era que nada tenía sentido, como piensa Harry más de una vez? Si el mundo es caos…, está fuera de lugar tanta perfección en la construcción narrativa.
Las voces son dos: una en tercera persona que sigue a múltiples personajes, incluyendo a Harry, y otra en primera que cuenta lo que siente en los últimos instantes el muerto que abre el caso. Lo que cuenta ese narrador transcurre antes que lo que cuenta la otra y las dos líneas se unen al final. Pero además hay un hilo que une todo: la rata con la que se abre la novela, que al principio parece solamente parte del efecto de revulsión que Nesbø busca con sus libros y que termina convertida en mucho más que eso.
En esa estructura cerrada, en la adhesión al género novela negra, en el tratamiento heroico y al mismo tiempo humano del protagonista, el libro repite una fórmula. Las dos voces varían un poco el esquema, pero la inscripción en el “thriller” es muy clara. Por otra parte, lo que convierte a Fantasma en una novela de nuestros días y la relaciona directamente con el cine de acción es el montaje de las distintas líneas narrativas, el manejo de las escenas de acción (parecen guiones) y el nivel gráfico que alcanza la violencia, por momentos insoportable.
Lo que investiga Harry Hole es un caso de drogas y, como suele suceder en la novela negra (el género pesimista y moralista que inventaron en los Estados Unidos Raymond Chandler y Dashiell Hammett), un asesinato aparentemente igual a otros termina abriendo la puerta sobre el mundo de los bajos fondos de Oslo, el crimen organizado más terrible y la peor maldad humana.
Como en la novela negra, aquí el detective es juez del mundo. No consigue arreglarlo como sí hacían los detectives tipo Sherlock Holmes o Hércules Poirot. Cuando termina el caso, la maldad sigue ahí. Pero el héroe puede poner un espejo sobre la suciedad del mundo y contarla, denunciarla. En ese espejo, el mundo es espantoso, se salvan muy pocos, y la solución es siempre violenta. Harry juzga y como Marlowe antes que él, es severo, no perdona. Por eso es heroico.
El título tiene muchos sentidos y Nesbø los va dejando caer a lo largo de la novela: son fantasmas los drogadictos porque, en cierto modo, ya están muertos; son fantasmas los capos de la droga porque nadie consigue verlos; la cárcel convierte a los seres humanos en muertos en vida, en fantasmas. Harry también es un fantasma en más de un sentido. Y ahí también hay una contradicción: el ritmo cinematográfico de la acción, la violencia, la crueldad, el suspenso van por un lado; los símbolos, por otro… Para disfrutar de Fantasmaes mejor leer sin pensar en ellos.

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