30 de novembre de 2015

Edward Bunker: Perro come perro

[Un libro al día, 29 de noviembre de 2015]

Idioma original: inglés
Título original: Dog eat dog
Año de publicación: 1996
Traducción: Zulema Couso
Valoración: imprescindible




Imprescindible: nuestro mentor Santi explicaba un poco, hace unos días, lo de las valoraciones, cuando lo entrevistaron para la radio. Aclaración particular: para mí un imprescindible es cualquier libro que no olvidas, que marcará como afrontes en el futuro lecturas parecidas, que establece un canon que será cruel en el futuro, por lo de las comparaciones.

Me vais a perdonar, entonces, por aclarar que, después de leer a Bunker que nadie me venga con etiquetas de negrura ni con pretensiones de pureza de género, porque, desde este momento, y desde este privilegiado lugar, proclamo que Edward Bunker les da sopas con honda a muchos, y no me estiréis de la lengua porque hasta algún nombre de mucho relumbrón queda retratado como un aprendiz al lado de este hombre. Qué van a saber algunos de conducta y mentalidad criminal. Qué genero negro si algunos son un gris descolorido. Insisto, no me hagáis decir nombres, pero algunos escribiendo sobre crímenes parecen abuelitas de mesa camilla que tiran de la Wikipedia. Bunker no. Bunker había estado allí. En reformatorios y penales y en galerías de presidios. En antros y en calabozos y en burdeles y en clubes de strippers y en licorerías y en toooodos los lugares emblemáticos.

Al protagonista de No hay bestia tan feroz la sociedad le negaba cualquier oportunidad de redención tras su salida de la cárcel. Troy Cameron, protagonista de esta espléndida Perro come perro, ya no se plantea esa opción. Qué cojones. Se ha pasado la vida en reformatorios y cárceles y ese ha sido su mundo, y el crimen su modo de subsistir. Ha atracado y ha cobrado cheques y ha ido tirando como ha podido, no sin ayuda de sus iguales, pero esta vez, la que nos muestra esta novela, se ha dicho a sí mismo que va a ser la definitiva. Planeado junto a Diesel y Mad Dog, colegas de máxima confianza pues les une un pasado común, el golpe que les han encargado no puede fallar. Van a desvalijar a un traficante y van a desaparecer. Reharán su vida y, puede, quizás dejen atrás una existencia tan tortuosa. Joder, que ser un delincuente también cansa.

Perro come perro no es una novela de suspense, por eso. Sería más bien una novela de acción. Bueno, si vamos a valorar el ritmo de lectura al que obliga al lector, quizás haya que pensar en calificativos como trepidante frenético. Las escenas se suceden una tras otra, extensos capítulos que son cada uno un nuevo hito, una nueva demostración del talento de Bunker. Y por debajo se nos muestra el complejo nudo de relaciones, el extraño sentido ético residente en la jerarquía criminal, las gradaciones, las líneas rojas que se cruzan o no, la mentalidad del eterno perdedor que sueña con una redención que se alargue más que un mero espejismo, por ese eterno cuento de la lechera que viene a ser la vida criminal. El último golpe y lo dejo.

Troy no, pero algunos de sus compinches tienen familias que mantener. Troy no, a Troy parece que le preocupe más tener una estampa digna como delincuente, aunque eso le cueste gastarse setecientos dólares en unos zapatos Ferragamo. Troy sabe quién le debe y a quién debe favores, sabe a quién quiere y quién le quiere, pero su mentalidad devastada por una vida encerrado ya le ha mutado de forma irreversible. Lo criminal es también una empresa y tiene que aportar un rendimiento, que uno no sale de casa con una pistola en el cinto para nada. Esa conciencia le lleva a un constante cálculo de riesgos y oportunidades, y conforme uno lee, comprende a Troy, le coge aprecio de amiguete malote que preserva unos códigos mínimos, pero férreos, y desea que todo le salga bien, y que nadie se haga daño.

Deseo que, en estas novelas, suele ser bastante ingenuo.

Que casi me olvido de decirlo.



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