20 d’agost de 2015

Todos tienen un festival policial

[El Periódico, 14 de agosto de 2015]

Carlos Zanón


Los festivales policiales o de novela negra han venido a sustituir los certámenes poéticos. Uno, que es lírico desde niño, sabe de lo que habla. En un país de poetas que apenas son leídos (muchos solo leen sus poemas y así nos va) cada pueblo, aldea, barrio o ciudad tenía su certamen y su premio, en ocasiones, con altas sumas de dinero. La crisis acabó con ello. Pero llegó Millenium y nos sacó del apuro. Los sonetos fueron sustituidos por las historias de detectives y la rima asonante por el remedo del remedo del remedo de alguien que conoció a un señor que se leyó algo de Chandler un mes de junio. Y así asistimos a una escena en la que hay más festivales de novela negra que poblaciones, más escritores que lectores y menos lectores que colecciones de novela negra.
Las nuevas tecnologías han ayudado a este bendito caos. Basta un módem y residir en un lugar con al menos tres casas, dos bares, una pensión y un restaurante de vino de corcho. Los organizadores no pueden ser menos de dos para que no sea masturbación. A saber, un librero o coordinador de club de lectura y el otro, un candidato a estrella del género policial, aunque también cabe la modalidad de exdelincuente, expolicía, loco o loca de atar en ejercicio o todo a la vez. Entiéndame mi lector, mi hermano. También hay festivales organizados por profesionales de la cultura, gente maravillosa, puro entusiasmo y alegría, grandes lectores y dinamizadores, pero esos normalizan la situación y no la colocan en modo histeria, que es el motivo de este artículo y mi decisión de saber elegir a qué uno o dos festivales no acudiré aunque me inviten a partir del próximo mes de septiembre (si es que lo hacen después de estas líneas).
Es fácil convencer a un escritor. Un escritor, por definición, es un ser que siempre dice que sí. A todo: editores, cuñados, libreros, agentes y, cómo no, organizadores. El motivo de ser los humanos más facilones de la Tierra obedece a que, salvo honrosas excepciones, los escritores y escritoras somos feos y hemos sido niños extraños, lisiados, gordos y aislados. Nunca nos invitaban a nada, siempre nos decían que no y por eso nos pusimos a escribir. Por venganza. Por dolor. Por frustración. Un país de concursantes de Hombre, mujeres y viceversa o de amigos de Helena García Melero sería un país sin literatura.
Pero no nos despistemos. Los escritores decimos que sí también porque a la gente le gusta no estar en su propia casa. Largarse. Desaparecer. La historia de la humanidad está llena de ese comportamiento desde las cruzadas, el descubrimiento de América o la gira de los Stones del 72. Siempre fue mucho mejor la muerte, el despedazamiento por caníbales o la sobredosis antes que quedarse en casa. Los escritores solemos ir sin acompañantes a esos festivales no porque se ligue. Para nada. Aquello tiene más de ejercicio espiritual quizá porque imaginarse una orgía de escritores exniños y niñas acomplejados, feos y resentidos pone menos que un chute de litio. No hay papel más triste que el de acompañante de escritor o escritora.
Los mismos escritores son invitados a los mismos festivales y todos decimos que sí. Parecemos como la caterva de cómicos españoles de los 60 que salían todos en todas las películas de tal modo que a veces me entran ganas de preguntar ¿dónde está Alfredo Landa? o ¿por qué no ha venido Rafaela Aparicio? Siempre hay un grupo de tres a siete argentinos, muchos barceloneses, dos madriles y un canario o un gallego (nunca juntos). Los escritores decimos sí sin saber nunca las condiciones porque se considera de mala educación preguntar. Estas suelen ser prestigio y lectores (o sea gratis), comida y posada. Al llegar te entregan unos vales para canjear en uno o dos restaurantes (de segundo siempre hay escalope o pizza). Si pagan es peor porque tienes que rellenar formularios que no entiendes y retener IRPF cuando un escritor solo sabe retener envidia o líquidos.
ESAS PREGUNTAS DE 20 MINUTOS Los festivales se componen de firmas y mesas redondas, cuadradas y ovaladas. Todas ellas preparadas con el rigor característico del país. Los escritores no tienen ni idea de qué va el tema, el moderador no se ha leído el libro de nadie y el público solo quiere hacer preguntas que son respuestas largas a la misma pregunta, pero la gente sale satisfecha. Es lógico: es difícil que en casa te escuchen 20 minutos sin interrumpirte. Los temas son recurrentes. Si hay mujeres escritoras será Las Mujeres en la novela negra. Si hay grupo de escritores de Barcelona, Carvalho cae, así como el boom nórdico, el asesino en serie, o La crisis económica y la novela negra. Yo he estado en mesas de La renovación de la novela negracuando la edad de los participantes sumaba 607 años y éramos cuatro.
Siempre contemporizas mucho con colegas y lectores. Comes todo lo que te ponen y bebes la mitad de lo que beben los que lo organizan. En realidad, mi deseo de dejar de asistir a algunos de esos festivales no es porque no los disfrute. Es la sospecha de que en realidad este sarampión no es sino un plan de los poetas para que los escritores de negra no tengamos tiempo para escribir nuestros libros y cada vez los acabemos pronto y mal, y restaurar así los Tiempos de Los Sonetos a la Virgen Lunera. No lo desestimo. Pero necesito quitarme. Al menos de uno o dos. A partir de septiembre, sí, necesito un salinger ya mismo.



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