29 de juliol de 2015

Abecedario para el crimen

[Clarín, Ñ, 28 de julio de 2015]

Entrevista con Sue Grafton. Lleva más de 30 años publicando su exitosa serie protagonizada por la detective Kinsey Millhone, con títulos que van de la A a la Z.

Antonio Lozano


Con A de adulterio pudo matar al primer marido del que se estaba divorciando sin acabar en la cárcel, alejar el fantasma de una vida pautada e inaugurar una serie de novelas negras, tituladas a partir del alfabeto –idea inspirada por el cómic The Gashlycrumb Tinies, de Edward Gorey–, que le han dado fama mundial y permitido costearse una mansión en California y otra en Kentucky. A los 74 años, Sue Grafton ya ha alcanzado la W de whisky, donde su detective privado, la independiente, descreída y en ocasiones malhumorada Kinsey Millhone, investiga las muertes de un periodista y un sin techo fatalmente conectadas. En persona, Grafton rebosa sentido del humor y elegancia, lo que no resulta en absoluto incompatible con vivir en permanente contacto con su lado oscuro y tener dos armas de fuego en casa.
–¿Cómo fue crecer en Louisville (Kentucky) en los 40?
–Eramos un vecindario pequeño y recuerdo como, después del colegio, jugaba a policías y ladrones o a vaqueros e indios con los amigos en la calle. El mundo se ha vuelto un lugar mucho más peligroso para los niños. Gocé de mucha libertad durante mi infancia, en parte porque mis padres eran alcohólicos y apenas me vigilaban. A veces me subía a un autobús y no me bajaba hasta que se me acababa el dinero. Desde el punto de vista de un escritor, es una forma interesante de crecer.

–Tocaba inventar.
–Claro. Me siento muy agradecida de haber crecido sin un televisor en casa, con la compañía de los cómics y la necesidad de concebir aventuras imaginarias. Recuerdo que con mi mejor amiga jugábamos a cocinar papas en el parque. Dile ahora a un niño que haga lo mismo, ¡ja! La falta de tecnología fue una bendición. Cualquier otro recordaría una infancia con padres alcohólicos como algo traumático. Tuvo aspectos negativos, por supuesto, pero la falta de supervisión también me liberó, me espabiló y me obligó a interpretar a las personas, algo útil para la futura creación de personajes. Tenía que anticiparme en cada momento a los actos de mis padres para saber si iba a poder sentirme segura o no.

–Otra persona contaría la historia desde un ángulo mucho más trágico.
–Creo que la vida se basa en la forma en que decides interpretar las cosas. Los mismos hechos pueden explicarse de seis maneras distintas. Yo opto por enfocar lo que me ha ocurrido de un modo útil y provechoso. No le veo sentido a la autoconmiseración, la rabia o la culpa. Desde el momento en que entiendes tu vida, pasas a ser su principal responsable. Es una cuestión de salud mental.

–Su padre escribía novelas de detectives. ¿Fue este un factor determinante a la hora de llevarla por idéntico camino?
–La clave es que en casa se leía mucho, no dejaban de entrar novelas negras, compradas a 25 centavos, de Chandler, Hammett, McCain… Mi padre llegó a publicar tres libros que, ante la falta de éxito, lo encaminaron a estudiar derecho. Me gusta pensar que simbólicamente yo retomé su camino truncado.

–Al saltar de leer novela negra a hacerla, ¿qué se descubre?
–Hasta que uno intenta escribirla, no se da cuenta de lo compleja que resulta la ficción detectivesca porque está muy codificada, es decir, llena de restricciones. Puedes saltarte las reglas sólo si las conoces muy bien y siempre con mucho tacto y sutileza. Por eso a los jóvenes que empiezan a escribir les aconsejo que se fogueen en los rudimentos del oficio a través de otros géneros.

–Se casó y fue madre muy joven. En aquella época, ¿escribir la salvó de un guión muy predeterminado?
–Por entonces trabajaba como administrativa y secretaria en hospitales. Llegaba a casa, me cambiaba el uniforme blanco por ropa cómoda, preparaba la cena, lavaba los platos, acostaba a los niños y me sentaba a escribir. Al crear a Kinsey Mill­hone pude moldear a aquella persona, independiente y atrevida, que yo habría podido llegar a ser si no hubiese formado una familia tan temprano. Luego su éxito me ha dado una vida apasionante. He llevado su nombre estampado en las matrículas de algunos de mis coches y tengo una nieta que se llama igual.

–Hollywood se enamoró de una de sus novelas, compró los derechos y luego la contrató como guionista por 15 años. Sin embargo, ha declarado que se rebozaría desnuda en cristales antes que ver a Kinsey en la pantalla.
–Por desgracia tuve ocasión de ver cómo destrozaban demasiadas novelas buenas, por lo que antes muerta que ceder el control de mi personaje. Hollywood me recuerda a una gigantesca trituradora o fiera que devora historias y escritores. Si una película funciona, el crédito es del director y el productor. Si fracasa, la culpa es del guionista. No quiero ver a una actriz apoderándose del rostro de Kinsey y luego metiéndose en mi cabeza cada vez que escriba sobre ella. Además, me consta que mis seguidores no me lo perdonarían. Al final sentiría que estoy entregando a otros 35 años de mi trabajo.

–La parte positiva de Hollywood es que debió de suponer un buen entrenamiento técnico.
–Sí, sí. Me enseñó a pulir diálogos, a estructurar, a completar escenas de acción… aunque, ojo, también a saber que nunca más querría escribir en grupo. Soy muy reservada con mi trabajo, nadie lee una de mis novelas hasta que pongo el punto final, excepto mi marido, y sólo cuando me siento bloqueada. Creo que las opiniones ajenas con frecuencia te confunden y desvían de tu camino. Prefiero ser mi propia jueza y meterme presión yo solita, lo que paradójicamente me provoca miedo, pero sé que, si logro transformar esa ansiedad en energía positiva, todo va a salir a pedir de boca.

–¿A estas alturas la inseguridad sigue acompañándola?
–¡Claro! Ahora estoy trabajando en la X , piense en todas las letras que la han precedido y en cómo han ido dejando el listón. Sólo el hecho de no repetirme comporta un dolor de cabeza. Llevo un registro minucioso del sexo de todos mis criminales y de las víctimas, de los motivos por los que se cometieron los crímenes y de los finales de cada historia. Antes de arrancar con un nuevo libro lo repaso de arriba ­abajo. Sería tan lógico como catastrófico reincidir inconscientemente en los patrones que ya te han funcionado.

–¿Contempla con un cierto alivio que ya esté llegando al final del abecedario?
–Por un lado, me sacaré un peso de encima. Y, si Kinsey sigue teniendo casos que investigar, podrá seguir haciéndolo en títulos que no sigan orden alguno.

–Sus fans respirarán aliviados: no va a matarla en la Z.
–No, no, ni hablar.

–El riesgo, entonces, es que en el futuro alguno la resucite, entre ellos Hollywood…
–En ese caso, yo regresaré de la tumba para recuperarla.

–Ha admitido que, cuando empezó a escribir novela negra, tenía muy poca idea de cómo funcionaba.
–Desconocía qué demonios hace un detective, tuve que sentarme a leer como una loca a los clásicos. Aún hoy no dejo de estudiar la ley californiana para ir poniéndome al día.

–¿Recurre a ayudantes?
–No, toda la investigación la hago al 100% por mi cuenta. Hablo personalmente con la policía, los abogados, los forenses… Dejarlo en manos de un tercero supondría correr el riesgo de perderse detalles que al escribir devienen cruciales. Y, por descontado, renunciar a prácticas muy excitantes como, por ejemplo, el shock de adrenalina que supone disparar un arma.

–¿Tiene armas en casa?
–Dos, pero no me malinterprete: estoy a favor de controlar la circulación de armas de fuego y quiero pensar que sería incapaz de dispararle a nadie. En su momento fue parte del proceso de documentación, hoy sólo es una forma de desahogarme.

–En sus inicios como escritora, el género negro seguía siendo muy masculino, y las detectives de ficción, una rareza. ¿Supuso un handicap o una ventaja?
–Supuso una gran ventaja ya que me otorgó muchísima libertad. Pocos precedentes y competencia, modelos por construir… ¡el paraíso! Ahora que somos miles las mujeres metidas en ello, todo es más difícil.

–¿Cuál es la experiencia más peculiar a la que la condujo alguna de sus novelas?
–Cuando preparaba Q de quién conocí a un antropólogo forense que me habló de una joven víctima de asesinato que estaba por identificar desde 1969. Durante la autopsia, que él mismo había conducido, se topó con una dentadura en pésimo estado que había imposibilitado saber quién era. El FBI me abrió todos sus archivos y me facilitó las pruebas del laboratorio, todo lo cual me permitió crearle una vida imaginaria en la novela. Mientras avanzaba con ella, un detective me comentó de pasada que con los avances de la tecnología forense estaban convencidos de poder reconstruir sus rasgos faciales, pero carecían de los 2.500 dólares necesarios. Los puse de mi bolsillo y, una vez que se obtuvo una máscara de la cara, se fotografió e incluyó al final de mi libro. Lamentablemente, nadie apareció reconociéndola. Aún no he perdido la esperanza de que un día surja una persona que diga, “¡Sí, yo fui al colegio con ella!” o “¡Ella fue la dama de honor en mi boda!” Lo último que se me ocurrió hacer por ella es brindarle un funeral y un entierro dignos. Si algún día finalmente se presenta un familiar, al menos sabrá dónde reposa. No he tirado la toalla. Disfrutar de éxito y dinero te permite gestos así.

–Está casada con un profesor de Filosofía de la Física. ¿­Busca en su mente científica soluciones para sus atascos creativos?
–Con frecuencia hablo con él, posee un acusado sentido de la narración, algo que busca potenciar al impartir sus clases, consciente de que el secreto de éstas radica en contar una historia. Su gran hobby, sin embargo, es el paisajismo de jardines. Poseemos una casa en Kentu­cky de 9 hectáreas que lo tiene loco. A mí no me va nada lo de trabajar la tierra, me limito a ir lanzando ideas del tipo: “¿Por qué no construir un laberinto?”.

–¿Cuál es el mejor piropo que le ha dedicado un lector?
–Pensar que soy una detective en la vida real. Con algunos lectores llevo carteándome durante muchísimos años, otros me los gané teniendo un detalle, como al organizar una firma de ejemplares a las 5 de la mañana con la flota de camioneros que iban a distribuir uno de mis libros. A ver, también he recibido tirones de orejas. Una vez di por sentado que a un tipo de árbol se le caían las hojas y me llegaron cincuenta cartas indignadas con mi ignorancia. En otra ocasión había dejado unas llaves puestas en el contacto de un coche que luego aparecieron como por arte de magia en el bolsillo de Kinsey.






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