3 de gener de 2015

Negra que te quiero negra

[El País / Babelia, 24 de enero de 2015]

Basta la observación empírica para comprobar que, dentro de la categoría "novela", destaca un subgénero claramente hegemónico: el "policiaco" o de detectives


Manuel Rodriguez Rivero


A mediados del siglo XX la novela se había convertido en la reina indiscutible de la edición: era la revancha histórica de una forma literaria parásita y omnívora que estuvo mucho tiempo bajo sospecha —cuando no directamente condenada—, y tardó demasiado en lograr reconocimiento canónico. De la prevención que suscitaba la novela da cuenta, por ejemplo, Michel Foucault en su Historia de la locura en la época clásica (FCE), en la que suministra varios ejemplos de cómo, aún entrado el siglo XVIII, se consideraba que su lectura era una de las principales causas de los trastornos de las mujeres, que eran (y son) sus principales consumidoras. En cuanto a su tardío reconocimiento académico, baste decir que en 1674 —¡70 años después de la publicación de El Quijote!—, el parnasiano Nicolás Boileau, referente de la retórica de su tiempo, ni siquiera la mencionaba en su Art poétique; o que, un siglo más tarde, Denis Diderot, aficionado a las novelas "edificantes" de Samuel Richardson, se veía obligado a distinguirlas de aquellas otras ficciones "quiméricas y frívolas" que despreciaba, pero que tanto se leían. En todo caso, la novela es hoy el género preferido por el lectorado, el más leído y comprado: las últimas encuestas de hábitos de lectura publicadas por el Gremio de Editores (antes de que los recortes y la tacañería "obligaran" a interrumpirlas, como si se tratara de un gasto superfluo) confirmaban que, como ocurre en todos los países desarrollados, la inmensa mayoría de los lectores españoles se deciden por ella a la hora de elegir sus libros. Sin embargo, hoy podemos afinar más, porque basta la observación empírica —librerías, redes sociales, presencia en los medios— para comprobar que, dentro de la categoría "novela", destaca un subgénero claramente hegemónico: el que antes se generalizaba como "policiaco" o de detectives y hoy abarca una sintomática variedad de modalidades a las que se tiende a calificar, con escasa propiedad, de novelas "negras". Ahí se juegan los grandes editores una parte nada despreciable de la cuenta de resultados, por eso crece su interés por publicarlas y promocionarlas. Es cierto que, luego, como testimonio elocuente de la hipertrofia de una producción que no cesa de crecer, la montaña de las invendidas se oferta en los baratillos estacionales de grandes almacenes o en las mesas de las librerías de ocasión. Pero eso no arredra a los editores en su búsqueda de nuevos valores, de los que, casi cada semana, recibo muestras acompañadas de los correspondientes paratextos pergeñados en los departamentos de mercadotecnia, que para mi gusto siempre adolecen de cierto patetismo estilístico. De entre los últimos, selecciono dos correspondientes a sendas primeras novelas (publicadas por dos de los mayores grupos editoriales) de las que me permitirán que la piedad silencie los títulos. De la primera, definida como "thriller enológico", y calificada de "embriagador misterio que tentará tu paladar", se incluye, entre otras, una cita de la Revista de Vinos y Restaurantes en la que se asegura que "es una novela apasionante", y otra de Amazon (donde la novela fue publicada originalmente) que puntualiza que se trata de "una mezcla muy interesante de novela policiaca con toques justos de erotismo, y todo ello envuelto en el apasionante mundo del vino". De la otra, mucho más ambiciosa y que me fue enviada en pruebas junto con unbooktrailer (ahora se lleva mucho), sus editores confiesan su entusiasmo "ya que es una obra muy redonda, con una trama muy potente y que te engancha desde el minuto uno (...), un thrillertrepidante, con mucho humor y lleno de secretos familiares, misteriosos manuscritos y una galería de personajes inolvidables". En fin, que entre el arrobamiento disuasorio de los paratextos y el hecho de que ninguna de las dos novelas resistió las más bien benevolentes cribas que en ellas efectué, acabé por enviarlas al cajón de desechables. Por cierto que, para los novatos que deseen foguearse en la escritura de novelas policiacas, recomiendo la lectura de Cómo escribo novela policiaca (Alba), de Andreu Martín, uno de nuestros más antiguos y solventes practicantes del género.

Epanadiplosis

Me entero —lo debí de aprender en mi ya remoto bachillerato, pero lo había olvidado— de que el octosílabo que he elegido como título de este Sillón de Orejas, y cuya forma tomo prestada del popularRomance sonámbulo (1924), de FGL, constituye lo que en retórica se llama epanadiplosis (repetición de un término al principio y al final de la oración). Aún no repuesto del susto que tal descubrimiento me ha provocado, aclaro que con él solo pretendo referirme a la ya mencionada y apabullante querencia del lectorado por la novela negra. Los editores lo saben y la retroalimentan, claro. Y en las mesas de novedades los aficionados encuentran de todo porque el subgénero ha explosionado en multitud de variedades con características muy diversas: empezando por obras de clásicos "seguros" que se explotan periódicamente en nuevos formatos, como la Biblioteca Patricia Highsmith, que Anagrama ha incorporado a su serie Compactos, o cómo los "ómnibus" en los que Salamandra re-publica, de tres en tres, los casos del popular comisario Montalbano (de cuyas adaptaciones televisivas soy adicto), de Andrea Camilleri, quien, por cierto, afirma en el prólogo que no le "apetecía ser escritor de novela negra, y menos de una serie con el mismo personaje". Y luego todo lo demás: desde innumerables novedades importadas y traducidas de la inagotable veta nórdica hasta la variadísima gama de "negras" de autores autóctonos, en cuya inmensa nómina abundan los que también se traducen fuera. Entre toda esa variedad es preciso orientarse, ya sea a través de las numerosas páginas web y foros existentes en Internet, por medio del boca a oreja de los amigos, o de los consejos de los críticos especializados y de los buenos libreros. La última novela "negra" —llamémosla así— que he leído con gusto (confieso que no soy un gran aficionado) no pertenece a ninguna de las variedades mencionadas. Se trata de Arab jazz(editorial Adriana Hidalgo; a la venta la próxima semana), primera novela del cineasta francés de origen marfileño Karim Miské (Abiyán, 1964), quien obtuvo por ella el prestigioso Grand Prix de la Littérature Policière. No pienso destriparles el libro, pero permítanme que les cuente, para abrir boca, que su protagonista, Ahmed, un marroquí que vive en el conflictivo distrito 19º de París, encrucijada de etnias y religiones entre cuyos fieles abundan integristas y fanáticos, descubre un día el cuerpo, horriblemente mutilado y salpicado de sangre de cerdo, de su amiga Laura, una azafata hija de testigos de Jehová. A partir de ahí se desarrolla una trama compleja y provista de ritmo y fuerza narrativa en la que abundan las referencias culturales (de Guy Debord al rap) y en la que se mezclan odios religiosos, mafias de la droga y corrupción política. Una novela a la que la masacre de Charlie Hebdo confiere una dramática actualidad.



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